El sacerdote Ovidio Pecharromán, director de la Oficina del Apostolado Hispano de la Diócesis de Arlington, saluda a los feligreses de la parroquia Santa Elizabeth en Colonial Beach.
En su recién estrenado hogar, Verónica Ochoa prepara tortillas de maíz con el auxilio de un tortillero casero y comales.
La visita pastoral del padre Ovidio Pecharromán a las familias campesinas en Colonial Beach inició con una misa y poco a poco se tornó un día de fiesta, con un asado junto a la playa y recorrido por los sembradíos.
Texto y fotos ALFONSO AGUILAR
Para El Tiempo Latino
Ese domingo era un día especial para los campesinos mexicanos de Colonial Beach.
Un conocido amigo y distinguido visitante, el sacerdote Ovidio Pecharromán, director de la Oficina del Apostolado Hispano de la Diócesis de Arlington, concelebraría la misa dominical en la iglesia Santa Elizabeth al lado del pastor Thomas P.Vander Woude, y posteriormente compartiría con los anfitriones un asado en un parque aledaño a la playa, para concluir su gira pastoral con un recorrido por los sembradíos y hogares de esta pequeña comunidad a la que dispensa alimento espiritual hace unos ocho años.
No había muchos feligreses en la pequeña iglesia, en parte porque en este tranquilo pueblito veraniego sólo hay unos 500 latinos, pero sobre todo porque para la mayoría de ellos un domingo es un día de mucho trabajo, tanto en el campo como en los mercados.
Y la distancia de varios kilómetros entre la parroquia y sus hogares, explicaban algunos feligreses, no es propiamente lo que se llama una bendición: es un peregrinaje.
Pero ahí estaban varias familias, los Medina, los Ochoa, los Flores, los Mendivil esperando la llegada del sacerdote y el inicio del servicio religioso en español. Las madres vestían elegantes vestidos, y algunas niñas llevan ropa típica de la primera comunión, o frescas playeritas multicolores, para el caso de los chiquitines.
El pastor Vander Woude, ya de hábito blanco y casulla verde, también esperaba la llegada de quien sería, otra vez, su concelebrante.
Le doy la bienvenida, padre Pecharromán dijo el pastor al saludarlo con un abrazo.
Veo que su español cada vez es mejor respondió.
No mucho, no mucho. Necesito practicar más.
Los feligreses también comentan que el español de su pastor ha mejorado mucho, y que tales son sus esfuerzos por entenderlos que en el mismo confesionario tiene un diccionario Inglés-Español, cuyas definiciones le han de iluminar, de paso, para dictaminar las justas penitencias.
Su pronunciación durante la misa apenas si tiene un discreto acento, tan discreto que cualquiera pensaría que habla muy bien nuestra lengua, pero el pastor dice con humildad que no es así, porque esa lectura litúrgica sí la tiene bien memorizada, bien practicada, domingo a domingo, y una misa semanal no es lo mismo que las conversaciones cotidianas, a las que aún rehuye con cierta timidez.
Con optimismo el padre Pecharromán expresa a los feligreses que ese natural temor desaparece con el tiempo, tal como ha ocurrido con muchos de los religiosos no hispanos que ahora hablan buen español porque saben de la urgencia de servir al pueblo hispano en su lengua, tal como ahora ocurre con su asistente en la diócesis, el padre Richard Mullins, que de hablar poco español ahora lo que ya casi no habla es inglés.
Tras la misa dominical y los saludos de bienvenida en el atrio de la iglesia, el padre Pecharromán y sus acompañantes, también feligreses de la misma diócesis, pues no obstante las 60 millas que los separan todos pertenecen a la de Arlington, reciben la noticia de que les tienen preparada una parrillada con carne asada, chorizos, pollo, arroz, frijolitos negros, tortillas caseras y ricas salsas rojas y verdes, muy a la mexicana, picantes, que ellos mismos prepararán con los productos cultivados en sus tierras.
También tenemos un riquísimo ceviche de jaiba dice Julia Medina, la madre de Perla del Mar.
Y sandías, muchas sandías grita Perla del Mar.
¿Tú también vas a la playa, Perlita?
Sí, pero hoy me voy a la piscina.
El parque familiar está en pleno centro de la ciudad, colinda con la playas de arena blanca pedrosa, dispone de una piscina infantil y varias mesas familiares, cada una con su respectiva parrilla de carbón, en una de las cuales ya maniobran el fuego las mujeres campesinas.
¿Y dónde andan los caballeros, que no los veo por aquí? Interroga el padre Pecharromán antes de bendecir los alimentos.
Unos en el campo, en la pizca, y otros vendiendo, pero ya vendrán dice Verónica Ochoa.
O en el campo los encontramos, como a Javier tercia Julia.
De momento el encuentro es con las templadas aguas de las playas, de pequeño oleaje, y con un banquete de exquisiteces mexicanas, de grandes tentaciones.
Ni el sacerdote ni sus acompañantes saben por dónde empezar, pero poco a poco avanzan con un taquito de carne con frijoles, luego otro de chorizo con salsa de jitomate, y uno más de pollo en salsa de tomatillo, y reinicia la ronda, y así va dando vueltas hasta que el clamor es por las frutas. Y un descanso sobre la playa. Luego el sacerdote y sus acompañantes enrumban hacia el campo. Por ser plena temporada de colección, apenas se ven en el horizonte dos tractores en reposo, uno de los cuales data de los cuarenta, afirma Gerardo Flores, en cuyas manos lleva un manojo de flores rojizas que tienen la textura del terciopelo y una ristra de rábanos aún terrosos.
¡No me diga que aún jala! le digo con incredulidad.
Aunque no lo crea, tiene 63 años de vida y bien que trabaja dice, y para disipar dudas introduce una llave que inmediatamente produce un sonido de motor.
En una parcela vecina, recargado en una camioneta descubierta, su tío Javier Medina contemplaba las tierras que pisó por primera vez en calidad de bracero y que ahora pisaba y miraba en su condición de propietario.
¿Qué piensa del campo? ¿Qué es el campo?
El campo es noble, sano, lindo. Es todo lo contrario a las ciudades.
Usted nació en el campo, y al parecer quiere seguir en él toda la vida.
Si Dios me lo permite, sí.
No muy lejos su hija Perla del Mar, de brazos tiernitos y delgados como las mangueras de riego, insistía a su madre que la dejara cargar una sandía tan grande como ella misma y, no obstante los ruegos de su madre, la cargó, diciendo: "Sí puedo, sí puedo". Así es Perla, así es mi hijita-decía con resignación su madre Julia.
Firme, decida, emprendedora, desafiante, como sus padres, como todos los campesinos mexicanos en Colonial Beach.
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