Perla del Mar, de sólo 5 años y brazos muy delgaditos, carga una de las cientos de sandías que producen sus padres en esta temporada de verano.
En Colonial Beach, Virginia, unos 500
campesinos conforman una comunidad
que ha hecho realidad sus sueños.
El Tiempo Latino
Redacción
Vámonos al campo. Hace unos veinte años un reducido grupo de braceros mexicanos llegaron a Colonial Beach en el estado de Virginia, a unas 60 millas de Washington. Los guiaba Javier Medina, un experimentado hombre de campo que, en calidad de contratista, ya había recorrido numerosas tierras de su natal Jalisco y en estados como California, Florida y Nueva Jersey. En ese entonces, principios de los ochentas, se le ofreció un contrato para darle vida a los campos de Colonial Beach, y fue así como llegó a este destino veraniego, cuyas playas son vecinas de un fértil mundo de tierras de cultivo, ricas en frutas y vegetales.
Tanto Javier como su grupo de pioneros campesinos, pensaron que se trataba, como siempre, de un trabajo temporal. No fue así. Se fueron asentando, poco a poco, y de la inicial docena de familias de braceros brotaron, como sucede con los productos de la tierra, decenas de familias residentes, y ya siendo residentes, con hijos e hijas nacidos en Colonial Beach, empezaron a adquirir sus propias casas, y luego sus propias tierras.
En esta serie que iniciamos hoy firmada y fotografiada por Alfonso Aguilar y que continuará en las próximas dos semanas, le llevaremos a los campos de Colonial Beach para que escuche lo que los mismos campesinos dicen de su trabajo en el campo y de su vida diaria, y cómo es que de humildes braceros se convirtieron en dueños de sus tierras, como las que disfrutan (en la foto) Sol Angel Medina, Lolis Medina (en sus brazos, Selina Flores), Vicky Flores, y Perla del Mar y Enrique Flores (al frente), hijos e hijas de padres campesinos.
En este popular destino veraniego, situado en el cuello norte de Virginia, varias familias de origen mexicano producen una gran variedad de vegetales y frutas, desde sandías, melones, berenjenas, verdolagas, tomates y chiles, hasta exóticas hierbas aromáticas y flores como la llamada "Cordón de obispo".
COLONIAL BEACH, VA. Con un manojo de flores rojizas que tienen la textura del terciopelo y una ristra de rábanos aún terrosos, Gerardo Flores recordaba que en esos mismos campos empezó a trabajar veinte años atrás, y que en ese ya remoto entonces sólo había dieciocho campesinos, todos ellos, como él mismo, mexicanos. O quizá eran veinte, duda, y esos dieciocho o veinte ahora son unos 500, pero ya no son braceros: son agricultores residentes con gran control de las tierras que trabajan.
En una parcela vecina, recargado en una camioneta descubierta, su tío Javier Medina contemplaba el largo y ancho de las tierras que pisó por primera vez en calidad de bracero y que ahora, muchos años después, pisaba y miraba en su condición de propietario. Auscultaba sus tierras en silencio, apenas haciendo alguna breve referencia a la efectividad del sistema de riego con delgadas mangueras que como víboras se perdían soterradas entre los surcos.
No muy lejos de ambos sus respectivas esposas Verónica Ochoa y Julia Medina enseñaban a sus hijos e hijas a distinguir los melones y sandías ya maduros de los tiernos o dañados por las lluvias. A los más pequeñitos, de 4 o 5 años, les pedían no cargar más de un melón a la vez y con más vigor y rigor les decían que no trataran de cargar las sandías porque éstas eran tan grandes como ellos y muy pesadas. Además el terreno estaba lodoso, salpicado de charcos que dificultaban el andar. Pero una niñita de nombre Perla del Mar, de brazos tiernitos y delgados como las mangueras de riego, no se intimidó ante una preciosa sandía que daba toda la impresión de pesar más que ella, y a pesar de los ruegos de su madre, dijo que sí podía cargar la enorme fruta, verde y perfectamente redonda.
Y la cargó unos metros, con su vigilante madre siguiéndola en cuclillas, hasta que la depositó en un canasto de plástico ahuecado, e insistió, entonces, en ayudar a colocar éste en la cajuela de la camioneta de su padre, donde estaban ya apiñados algunos melones y una gran variedad de pimientos y calabazas.
"Así es Perla, así es mi hijita", decía con resignación su madre Julia Medina. "Fíjese que un día se le ocurrió que su nombre ya no sería Perla Medina sino Perla del Mar, y ahora todos la conocen así".
¿Y cuál fue la razón de ese cambio? Sólo ella lo sabe.
Perla del Mar creció y vive en Colonial Beach, en el cuello norte de Virginia sobre el Río Potomac, a unas 60 millas de la capital. Tiene 5 años.
Otros niños y niñas son más pequeños, casi bebés, y algunos más ya son jovencitos y señoritas. Muchos de ellos son parientes, y si no lo son, los emparenta el hecho de que sus padres son agricultores y viejos amigos de los campos y el sol, y enemigos eternos de las plagas y los malditos zancudos.
Su padre, Javier Medina, un jalisciense nacido en el campo y campesino de toda la vida, fue el primero en llegar a estas tierras tras haber recorrido los campos de su propio país y los de estados como Florida, California, Ohio y Nueva Jersey.
Pero no llegó solo. Al campo trajo a sus hombres, y al mundo a quienes formarían su primera familia, a la que siguió una segunda unión a la que pertenece Perla del Mar. Que en realidad es una Perla del Campo.
En ese tiempo Colonial Beach no sabía nada del mundo hispano, salvo por los visitantes que disfrutan sus playas, como aún hoy lo hacen. Y quizá supo de algunos jugadores latinos cuando se le llamaba "Las Vegas sobre el Potomac".
"Eramos los únicos hispanos", recuerda Javier. "Nos trataban bien, nadie nos molestaba y le caímos bien al señor de las tierras".
"¿Al que usted le compró sus tierras?" Una parte. "¿Murió?" Hace poco. Era buena gente.
De su condición de bracero, o más propiamente de agricultor contratista, Javier se convirtió, al paso del tiempo, como muchos otros de aquel primer grupo de agricultores pioneros, en campesino residente de Colonial Beach. Y ya no fue contratista, sino rentador de tierras y luego dueño, al igual que su hermano José, de la mayoría de las 40 hectáreas donde él, sus familiares y campesinos desarrollan sus labores diarias.
"Usted está muy cerca de seguir el ejemplo de sus tíos", le digo a Gerardo, cuyo trabajo lo desarrolla en unas 25 hectáreas que ahora opera, felizmente, como dueño bajo renta.
"Pues sí, pero no se ha podido", dice mientras hurga entre los surcos para enseñarles a los visitantes un nido de pajaritos.
"¿Piensa comprar estas tierras?"
Me gustaría, pero ahorita están muy caras, además, creo que [los herederos] ya no nos quieren vender más tierras.
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