Opinion
Contra la inmigración Mundo
Por Rubén Navarrette
La tarea que realiza Estados Unidos con respecto a la inmigración es superior a la de cualquier otro país del mundo. Eso es cierto, aunque tengamos una frontera conflictiva, mensajes perdidos, una xenofobia recurrente y todos los vociferantes programas de charlas en televisión, otras naciones particularmente en Europa tratan a sus inmigrantes mucho peor.
Algunas personas, entre ellas el representante Brian Bilbray, republicano por California, desearía que siguiéramos la política de países tales como Alemania, creando dificultades para que los hijos de los nacidos en el extranjero obtuvieran la ciudadanía. Es una idea horrible. Crea una población alienada de la población general y, al privarla de su derecho a la ciudadanía, posibilita que se conviertan en víctimas.
Lo que está sucediendo en Francia bajo el nuevo presidente Nicolas Sarkozy no es mucho mejor. Su país va a la delantera en la batalla sobre la inmigración en Europa. Parte del motivo es que el asunto constituye una pasión para Sarkozy.
En realidad, quizás pasión no sea la palabra adecuada. Patrick Weil, miembro superior del French National Research Center, en París, y perito en inmigración francesa e identidad nacional, utilizó una palabra diferente durante una reciente llamada en conferencia, con reporteros norteamericanos y franceses, facilitada por la French-American Foundation, sita en Nueva York.
“La obsesión (de Sarkozy) es reducir el flujo de inmigrantes que llegan legalmente del Norte de África y de África”, expresó Weil, crítico del presidente francés, “y revertir lo que él considera como un nivel desequilibrado de flujo legal relacionado con la reunificación familiar”. La perspectiva de Sarkozy, según Weil, es que Francia está aceptando a los inmigrantes errados de los países errados gente que se niega a asimilarse.
Oímos la misma queja aquí en Estados Unidos de que los inmigrantes, particularmente los de los países latinoamericanos, se niegan a asimilarse.
Sarkozy mantiene su prejuicio contra los africanos, dijo Weil, “a pesar del hecho de que todos los estudios comparativos que se han realizado muestran que Francia tienen mucho éxito mucho más que otros países europeos en la integración cultural de cada grupo de migrantes”.
Sarkozy ha prometido deportar 25.000 inmigrantes ilegales por año. Y quiere convertir a la inmigración en una prioridad máxima para la Unión Europea, cuando él asuma su presidencia en julio.
No obstante, una de las ideas más ambiciosas de Sarkozy podría ser la peor: cuotas según el origen nacional, para permitir la selección de inmigrantes de regiones geográficas específicas. Suena conocido. Las cuotas para diversos países fueron, en una época, la norma de la política inmigratoria norteamericana. En la década de 1920, el Congreso hizo una concesión al prejuicio y creó un sistema de cuotas para limitar el número de inmigrantes del “Sur de Europa” (léase: Italia). Esa equivocación histórica fue corregida en 1965, cuando el Congreso eliminó el sistema de cuotas, para reemplazarlo por una política que enfatizaba la reunificación familiar.
En el actual debate migratorio de los Estados Unidos, algunos miembros del Congreso se han quejado de que México domina las listas de los inmigrantes incluso legales. ¿Podría un nuevo sistema de cuotas que limite el número de inmigrantes de México y aumente el número de otras partes del mundo estar esperándonos a la vuelta de la esquina? Probablemente no, ahora que los demócratas han tomado el control del Congreso. Pero las quejas no han desaparecido, incluso si ahora se limitan, en gran parte, a las diatribas de los nuevos demagogos de la televisión de cable.