Opinion
¿Abolir la Reserva Federal? Economía Por Mario Vargas Llosa
La Reserva Federal (banco central) de los EE.UU. anunció recientemente nuevas medidas para revertir la hecatombe financiera actual. Ellas incluyen una ayuda para que el J.P. Morgan Chase adquiera Bear Stearns Co., una rebaja de la tasa de redescuento y préstamos de corto plazo a unos veinte bancos de inversión. Pocos días antes, el gobierno anunció que inyectaría $200 mil millones al sistema financiero. Son los esfuerzos más recientes del gobierno por resolver un problema creado en gran medida por el propio gobierno. Esta película la hemos visto muchas veces.
Al pincharse la burbuja de las empresas punto.com y las compañías de telecomunicaciones a fines de los años 90, la Reserva Federal infló la moneda mediante operaciones de mercado abierto, como se las llama. Para junio de 2003, la política de dinero fácil se reflejó en la caída de la tasa de interés principal al 1 por ciento. Esta política monetaria laxa se sostuvo, con variantes, durante casi cinco años. El resultado fue una economía ficticia en la que millones de personas se endeudaron y consumieron en exceso. La conversión de los préstamos hipotecarios en títulos sofisticados que se negociaron a escala internacional dio dimensión global a esa ficción.
La historia relacionada con los ciclos de auge y depresión desde la creación de la Reserva Federal en 1913 ha sido la siempre la misma: un incremento deliberado de la oferta de dinero, una mala asignación de recursos por los perversos incentivos de la inflación y finalmente la explosión de la burbuja. Es la consecuencia de la existencia de la Reserva Federal, un sistema que confiere a una élite de elegidos el monopolio de la creación de dinero y la facultad de decidir qué cantidad de dinero es la apropiada para una economía en la que millones de personas toman decisiones que esa élite no puede anticipar.
La Reserva Federal se creó en respuesta a las periódicas corridas bancarias de fines del siglo 19 y comienzos del 20. Algunos de los más grandes economistas han explicado que parte de esa inestabilidad fue causada no porque los bancos privados tuvieron derecho a emitir dinero hasta comienzos del siglo 20 sino porque el gobierno mantuvo una política que premiaba el comportamiento irresponsable rescatando instituciones financieras cada vez que estaban al borde del colapso.
El Premio Nobel Friedrich Hayek, cuyas ideas liberales triunfaron con el colapso de la Unión Soviética, denunció con frecuencia la conexión entre los bancos centrales y los ciclos de auge y depresión. En una entrevista realizada en 1977 y publicada por la revista Reason en 1992, sostuvo: “Si no fuese por la interferencia gubernamental con el sistema monetario, no tendríamos fluctuaciones industriales y ningún periodo de depresión . ... El error es la creación de un semimonopolio en el que el dinero primario es controlado por el Estado. Dado que todos los bancos crean dinero secundario, que es redimible en dinero primario, usted tiene un sistema que nadie puede controlar”.
Defender la abolición de la Reserva Federal parece muy radical. La mayoría de la gente cree que las crisis financieras son resultado de la falta, y no del exceso, de reglamentación gubernamental.
Es hora de pensar con más audacia. Si la abolición de la Reserva Federal es políticamente inconcebible por ahora, existen medidas menos dramáticas que pueden emprenderse en el camino hacia la solución definitiva. La más obvia es simplemente dejar de utilizar a la Reserva Federal para inflar la moneda. Si una crisis en la que millones de personas han sido ya gravemente perjudicadas y las pérdidas financieras ascienden como mínimo en 400 mil millones de dólares no basta para lograr que las mentes dirigentes piensen con audacia, nada bastará.