Opinion
La guerra es el fracaso Irak Por Jorge Ramos
“¿Hay alguna forma de liberar a los seres humanos de la fatalidad de la guerra?” Esta pregunta no la formuló ninguna de los millones de personas que actualmente se oponen a la guerra en Irak, que cumple cinco años este mes.
La escribió Albert Einstein, el científico alemán naturalizado estadounidense, a Sigmund Freud, el psiquiatra austríaco creador del psicoanálisis, en una carta en 1932. Se gestaba la Segunda Guerra Mundial.
Freud le respondió que “sólo será posible con seguridad evitar las guerras si los seres humanos se ponen de acuerdo para establecer un poder central, al cual se conferirá la solución de todos los conflictos de intereses.”
Pero ni la Liga de Naciones, creada en 1919, ni la Organización de las Naciones Unidas (ONU) formada en 1945 han podido evitar todas las guerras. Más que un “poder central”, como proponía Freud, la ONU sólo refleja la voluntad de sus miembros y en muchos de ellos prevalece un afán beligerante.
Sin embargo, Freud creía también que para detener las guerras se necesitaba una “actitud cultural (antibélica) y el fundado temor a las consecuencias de la guerra futura.”
Tenemos que reconocer que antes del inicio de la guerra en Irak nunca hubo una actitud cultural antibélica. Y a pesar de que Estados Unidos no obtuvo los votos necesarios en el Consejo de Seguridad de la ONU en 2003 para aprobar la guerra, el presidente George W. Bush dio la orden de atacar.
¿Cómo explicarle a un niño que no le debe pegar a otro cuando ve por televisión y en Internet que los adultos usan la violencia y la guerra para resolver sus problemas? La guerra se aprende en casa. Cuando el diálogo y la tolerancia son reemplazados por el manotazo, la nalgada, la bofetada, estamos formando a los belicistas del futuro.
Pero si no se puede crear una actitud antibélica en una generación, al menos se puede como sugería Freud generar terror y horror por la guerra. Y es aquí donde entra el papel de los periodistas.
La guerra del Golfo en 1991 fue la primera transmitida en vivo por televisión. Aún recuerdo las narraciones de los reporteros de CNN cuando cayeron las primeras bombas en Bagdad. El invasor ejército iraquí fue obligado a salir de Kuwait y fue derrotado en solo 100 horas.
Pero los televidentes no vieron muertos ni sangre. Vieron, en cambio, unos vídeos tomados desde el aire con los proyectiles explotando a lo lejos. Fue la primera guerra “aséptica”. Los muertos, amontonados y putrefactos, que me tocó ver como periodista en la ciudad de Kuwait no fueron vistos por la mayoría de los televidentes en el mundo.
Hoy en día también se quiere limpiar la guerra en Irak, a pesar de que ya han muerto casi 4 mil soldados norteamericanos y más de 81 mil civiles iraques (segn el sitio www.iraqbodycount.org).
En los noticieros de televisión casi no vemos a los muertos y heridos. Así no conocemos la brutalidad de la guerra en Irak. Si véiramos todos los días cómo queda un cuerpo humano después de un bombazo, de un ataque suicida o de una explosión al borde del camino, creo que hace mucho se hubiera detenido la guerra en Irak. Cada niño muerto, cada inocente herido, sería una puñalada a la conciencia de los que retrasan un verdadero acuerdo de paz y el consecuente retiro de las tropas.
La guerra es algo brutal. Por lo tanto, la cobertura noticiosa de una guerra debería serlo también. Debería perturbar hasta el grado de decir: ¡Basta ya! Los periodistas somos culpables por partida doble por la guerra en Irak. Primero, por no hacer las preguntas difíciles, incómodas, a quienes iniciaron una guerra en un país que no atacó a Estados Unidos ni tuvo nada que ver con los actos terroristas del 11 de septiembre de 2001. Y ahora por no mostrar toda la monstruosidad de la guerra.
Todo parece indicar que habrá guerra en Irak al menos hasta que Bush entregue el poder el 20 de enero de 2009. Luego, quién sabe. Pero lo que está claro es que nuestras preocupaciones sobre cómo ponerle fin a los conflictos bélicos son las mismas que las de Einstein y Freud.
A 76 años de ese intercambio de cartas, no hemos aprendido mucho. La guerra es la absoluta confirmacin de que fallamos. La guerra es el fracaso.