Casi un siglo de negocios latinos en Washington (III)
Desde los años 50 se consolida el comercio
En los 50 se habla de una comunidad “de unos 5 mil latinos”. Restaurante Alamo, Valle Travel y Panamericana Laundry, son los únicos sobrevivientes de aquella década. El rápido crecimiento de la comunidad da origen en los 60 a la aparición de mercados como Americana Grocery, Casa Lebrato y El Chaparral.
Foto tomada en 1969 de Daniel Bueno (izq.), de origen dominicano, quien fundaría en 1973 los discocentros Zodiac.
Juanita Campos (izq.) y sus amigas Alicia y Carmen captadas en el parque Kalorama de Washington en el invierno de 1958.
Por Alfonso Aguilar
Para El Tiempo Latino
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De la década de los 60 donde ya se dibuja perfectamente una comunidad que empieza a organizarse como tal, sobreviven tres mercados cuya misma naturaleza no es coincidencia sino respuesta a las necesidades básicas de una comunidad emergente: Americana Grocery (1964), Casa Lebrato (1967) y El Chaparral (1969).
“Cuando yo abrí mi negocio sólo había dos o tres mercados con productos latinos”, recuerda el italiano Santos Mirabile, propietario de El Chaparral, ahora con dos sedes. “De aquellas épocas creo que soy el único sobreviviente en Virginia”, dice con su claro acento en español.
¿Y ahora cuántos mercados latinos cree que hay en el área?
Más de 100. En cualquier lugar hay un mercado latino.
Las peluquerías también empezaban su apogeo en los 60. En ese entonces ya operan Embassy Barber Shop, Embassy Beauty Barber Shop y La Quisqueya Barber Shop, todas ellas entre Mt. Pleasant y Adams Morgan. Otros vecinos incluían la tienda Casa Diloné (60s) y restaurantes como El Bodegón, de la familia Callahan, y OmEgA (ambos de 1962, este último con esa tipografía que resaltaba la presencia diplomática latina en la capital).
Otro par de restaurantes coterráneos cuyos nombres aún son tema de conversación cuando se trata de recordar nuestro pasado inmediato eran el Carlos Gardel (1965) y El Caribe (1966). Todos ellos testigos y protagonistas de la cotidianidad latina en esas épocas, reposan ahora en el inventario de lo que alguna vez fue.
De la misma época datan los también difuntos Imprenta Casillas (60s), La Cantinita (60s) y Los Panchos (1963).
“Los Panchos pertenecía a Francisco Flores, que era mexicano, y se localizaba en Mt. Pleasant, en lo que ahora es Mi Casa Life Skills Center”, recuerda el impresor Reynols Ayllón, un pionero de aquella década.
“Los latinos de ese entonces ahí nos reuníamos para comer, tomar y conversar. Era el año 1963. Creo que sólo había un lugar más adonde podríamos encontrarnos los latinos, el Latin Q, sobre la Columbia Road, que después se convirtió en Mr. Henry’s”, dice Ayllón sin ningún tropiezo en su memoria.
¿Quiénes eran los latinos de entonces y cuántos eran?
Era una comunidad mayoritariamente cubana, seguida en número por dominicanos y puertorriqueños. Y nada más. Se decía que éramos unos cinco mil en Washington.
¿Había salvadoreños?
No había ni uno. Que yo recuerde jamás vi a uno.
Era un mundo sin pupusas.
Esa palabra no existía. Nosotros comíamos arroz, frijoles negros, lechón asado y sándwiches cubanos.
¿Había tequila?
Siendo el dueño de Los Panchos mexicano, nunca nos faltó un trago de tequila. El mismo te invitaba.
Los Panchos desapareció a principios de los 70 y la misma suerte corrieron muchos negocios latinos, quizá decenas, porque de aquella década de los 60 sólo sobreviven los tres mercados mencionados.
Pero el número de sobrevivientes de la década se eleva a casi 20. Es la época de oro de la comunidad. En ella se fincan los cimientos de lo que hoy somos y surgen los negocios por decenas y en rubros muy diversos.
Un somero inventario incluye El Periódico (1970), primer semanario en nuestra historia, Pablo’s Auto Service (1971), Discocentro Zodiac (1972) y los restaurantes Tropicana, El Chalán, Churrería Madrid y Cecilia’s (todos de 1973). Luego llegó la Bodega Arlington (1974), El Rincón Español y Botánica San Lázaro (1975), y después Casa Guatemala y el Instituto Lado (1977). Tras ellos surgieron la heladería Scoop, el restaurante Enriqueta’s y el mercado El Progreso (1978), y al siguiente año la reparadora de calzado León, los restaurante La Plaza y Lorenzo’s y agencias de viajes como Americas Travel y Emerald Travel.
Otro ramillete de negocios de los gloriosos 70 llevaban nombres que con el tiempo hicieron su propia historia: Peluquería Panamericana, Imprenta Beltrán, Bazar Nelly y, siempre más visibles por su naturaleza, restaurantes como Antonio’s, El Dorado Condorito y Punta del Este. Una sola edición del semanario Journal, con fecha del 5 de mayo de 1978, nos aporta cinco nombres más a la lista de los bautizados en los 70, todos ellos restaurantes ya que la edición trataba las cocinas en la región: Anita’s (con dos sedes, Vienna y Fairfax), El Tío Pepe (Georgetown), Costa del Sol (Arlington), Río Grande (Rockville) y Casa María (Washington).
“En esa década se dio un rápido e inimaginable apogeo de los restaurantes en toda la región, y ya no sólo en Washington”, recuerda Marcelino Guevara, él mismo fundador de cinco restaurantes en el curso de varias décadas.
“Recuerdo aquellas épocas con curiosidad porque los que vivíamos en los suburbios teníamos que viajar a Washington para comer nuestras comidas, y como eran muy pocos los restaurantes, las filas eran largas y las esperas de horas y horas, como ocurría con el OmEgA y El Caribe”, rememora Guevara.
Ahora, Marcelino, se da el fenómeno al contrario, aunque a escala menor: los de Washington suelen buscar restaurantes y centro de baile en Maryland y Virginia.
Los suburbios son más grandes y su población es mucho más grande.
¿Cuántos restaurantes latinos estimas que hay en el área?
Yo diría que más de 300.
Elsa Espinosa, radicada aquí desde 1969 y fundadora de El Chalán hace más de 30 años responde a la misma pregunta con estas palabras: “Ahora hay cualquier cantidad. Antes se contaban con los dedos de una mano. No puedo creerlo”.
La única explicación a ese boom comercial es el constante y rápido crecimiento de la población latina, estimada a principios de los 70 en unas 50 mil personas, sólo en la capital, que es donde surge la comunidad que poco a poco irá desplazándose a los suburbios, tal como ya se empezaba a observar en la localización de aquellos cinco negocios mencionados en el Journal.
Hasta ese entonces, sin embargo, se sigue hablando de una comunidad latina pequeñita, donde todo el mundo se conoce y donde no es difícil enterarse de la inauguración o desaparición de un nuevo negocio.
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