Opinion
El poder de no hacer nada EE.UU/América Latina
Por Marcela Sánchez
En una cena, un asesor del Congreso le preguntó a una de las figuras más respetadas de la oposición venezolana sobre lo que podía hacer Estados Unidos para ayudar a la nación suramericana. Su consejo fue simple: no hagan nada.
Para aquellos que seguimos de cerca las relaciones entre Estados Unidos y América Latina la desconfianza que inspira ese tipo de respuesta se ha hecho demasiado familiar. Incluso aquellos en América Latina que comparten las metas e intereses estadounidenses, no quieren necesariamente la ayuda de Washington, particularmente aquella extremadamente visible y directa.
En el caso de Venezuela, hacer algo ya resultó contraproducente. En 2002, Washington se alineó con fuerzas antidemocráticas en contra de un líder democráticamente electo y con amplio respaldo de venezolanos históricamente marginados. Si bien la súplica de “no hacer nada” tiene eco en otras partes del hemisferio, el próximo presidente estadounidense tal vez de hecho tenga dificultades en elaborar una agenda activa para la región. Ello se debe a que la inmigración y el comercio, dos temas de gran interés para las naciones al sur del Río Bravo, son extremadamente sensibles en Estados Unidos.
Una encuesta de Zogby Interactive encontró, por ejemplo, que cuando se les preguntó a encuestados qué opción preferirían con respecto a políticas estadounidenses hacia América Latina, un 36 por ciento prefirió detener la inmigración desde la región. Un porcentaje aún mayor (47) dijo que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte fue malo para Estados Unidos. ¿Cómo justificar entonces el desperdicio de capital político en una estrategia amplia para la región? Como dijo Peter Hakim, presidente de Diálogo Interamericano, “no hay urgencia hoy en día”, con respecto a la política hacia América Latina. Las amenazas del comunismo, el desastre económico o el terrorismo, que inspiraron la Alianza para el Progreso de John F. Kennedy, el Plan Brady de George Bush padre y la iniciativa de seguridad del actual Presidente Bush, simplemente no están presentes en 2008.
Cuando fue secretario asistente de Estado para asuntos del Hemisferio Occidental, Roger Noriega fue criticado por su estilo ideológicamente estrecho. Pero en un nuevo análisis sobre el impacto de las elecciones de este año en las Américas, Noriega sugiere que el próximo presidente estadounidense debería comprometerse a consultar a sus vecinos del sur antes de “entregar una visión para la región grabada en piedra”.
Claro está que no hacer nada tampoco es posible. Lo que ocurrirá probablemente será poco y gradual. De hecho, será más como lo que viene sucediendo bajo el sucesor de Noriega, Thomas Shannon, y que, a propósito, los analistas venezolanos en la cena dijeron que ha sido constructivo: diplomacia y acercamiento tradicionales que evitan el conflicto y promueven la cooperación.
El reto de Shannon ha sido convencer a Latinoamérica que el viejo estilo ha sido desechado. La semana pasada, Shannon intentó minimizar los efectos de un comentario hecho hace dos semanas por el zar antidrogas de Estados Unidos John Walters que acusó a Chávez de ser “un facilitador principal” del tráfico de cocaína por Venezuela.
Pocos días después, Shannon no negó las acusaciones de que los narcotraficantes están usando cada vez más el territorio venezolano pero lo atribuyó a “una variedad de razones”, entre otras, los exitosos esfuerzos de interdicción aérea en los países vecinos de Colombia y Brasil. Por lo mismo, reiteró su interés en aumentar la cooperación con autoridades venezolanas.
Shannon estaba siendo simplemente pragmático. El oprobio público, la satanización ideológica y las descripciones maniqueas de las actuales opciones en América Latina el tipo de simplificación que a menudo marcan una gran visión a futuro estuvieron ausentes de sus declaraciones. Y eso es sin duda mucho mejor que no hacer nada.