La Esquina
La legalidad, las mentiras y las licencias
Parafraseando, con el debido respeto, a un admirado presidente de Estados Unidos: no se trata de lo que este país hace por los inmigrantes, sino de lo que los inmigrantes han hecho, hacen y harán por este país. Claro que en estos tiempos que corren, el gobierno federal se define por lo que no hace y los gobiernos locales por lo que la inacción federal les permite hacer. Y así, estados y municipios deshacen más que hacen y sientan las bases de una triste tensión migratoria en la tierra de los valientes y los libres. Y esto viene a cuento de que los indocumentados son inmigrantes a quienes muchos políticos se empeñan en ver sólo como números que se pueden restar, o sea, deportables. Y lo deportable es prescindible. Por eso, para algunos el indocumentado no es un ser humano con familia y trabajo, sino un don nadie invasor. Y a don nadie se le puede eliminar impunemente.
Lo legal y lo real. Y ahí está el engaño. La primera mentira. La mayoría de los estimados (no amados) 12 millones de indocumentados (cifra que desde que se maneja ya debió haber crecido lo suyo) tienen un impacto real y positivo. Son trabajadores honrados con estatus ilegal. Pero ser ilegal no es ser irreal. Son muy reales. ¿Quién quiere y puede deportarlos a todos? No se puede. Entonces, ¿por qué se quiere? Si no se quiere que estén aquí, ¿por qué no se propone que el país abra sus puertas a los trabajadores que se necesitan, a los hijos y padres que viven separados, presos de estatus migratorios inhumanos? Si están aquí y no son legales, pero son reales, ¿por qué no se les ofrecen las herramientas hacia la legalidad?
Las licencias de MD. Una de esas herramientas son las licencias de conducir. Son necesarias, además, para la seguridad de todos. Un trabajador indocumentado que se gana el pan con el sudor de su frente no atenta contra la seguridad de las personas con las que convive. El mismo trabajador, si no tiene acceso a una licencia, pone en riesgo la seguridad de todos. Es fácil de entender. Claro que si lo deportamos ni trabaja, ni conduce. ¿Y mientras? ¿Esperamos a que nos choque sin seguro? Ese es el mensaje del gobernador de Maryland Martin O’Malley (D). Primero dijo “sí” a las licencias para todos (es decir, sin tener que demostrar prueba de residencia legal) y luego dijo que “no” porque llegaba la ley federal “Real ID”: esa legislación que crea estratos de burocracia y de presión para que las personas demuestren que son quienes son. Es el momento de la pesadilla: veremos incrementarse los accidentes con culpables sin recursos y las “empresas” que cobran $200 por llevarte a la oficina donde te dicen que un don nadie puede trabajar hasta deslomarse, pero sin conducir. Se calcula que hay 200 mil personas indocumentadas en Maryland. Muchas viven en familias donde unos tienen estatus legal, otros no. Unos podrán renovar sus licencias, otros no. Muchos seguirán conduciendo.
Y todos viviremos más inseguros.
Alberto Avendaño
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