Opinion
Acuerdo para el estímulo Economía
Por Rubén Navarrette
Por temor de que los estadounidenses estén al borde de una recesión o quizás ya en medio de ella el gobierno de Bush y la Cámara de Representantes han llegado a un acuerdo tentativo sobre un paquete de estímulo económico.
Me alegro. Un estímulo quizás no funcione exactamente como se espera, pero vale la pena intentarlo. Los estadounidenses ya reciben impuestos excesivos, y todo lo que logre que más dólares fiscales lleguen a sus manos es positivo. Y si gastan lo que les den, será provechoso para la economía.
Pero no nos concentremos tanto en pensar qué puede hacer el gobierno por nosotros, en forma que olvidemos lo que nosotros podemos hacer por nosotros mismos. La amenaza No.1 que enfrenta hoy Estados Unidos no es la globalización, los salarios estancados, una política comercial injusta ni la inmigración ilegal. Y, sin duda, tampoco es lo que un demagogo de la televisión de cable llama en forma simplista “una guerra contra la clase media” librada por los medios, las grandes corporaciones y los intereses de determinados grupos. Es, en cambio, un sentimiento de tener derecho a ciertas cosas, y el entusiasmo con que echan la culpa a los demás cuando las cosas no salen de acuerdo a lo planeado.
No siempre fue así. Hace 50 años, los estadounidenses eran más resistentes. Se habían criado durante la Depresión, habían vencido a la Alemania Nazi y a los otros Ejes de poder durante la Segunda Guerra Mundial, y consideraban que era un honor realizar cualquier tipo de trabajo. Se enorgullecían de la idea de que nuestro destino estaba en nuestras manos. Hoy, según una encuesta de trabajadores de entre 20 y 39 años, los jóvenes esperan que sus empleos no sólo les proporcionen un buen salario, sino suficientes vacaciones para disfrutarlo. Y según las investigaciones realizadas por Jean Twenge, una profesora de psicología de la Universidad del Estado de San Diego, muchos miembros de la “Generación Yo” van a las entrevistas laborales desbordantes de autoestima y esperando que los coloquen en camino a la vicepresidencia de la empresa.
¿Y qué pasa si no obtienen todo aquello a lo que creen tener derecho? Ahí es cuando surgen las culpas. A los estadounidenses les gusta echar la culpa a los inmigrantes ilegales por mantener los salarios bajos, o a los trabajadores de la India o China por llevarse los empleos altamente especializados. En ambos casos, en lugar de aceptar el reto y tratar de ganarle a la competencia, demasiados trabajadores estadounidenses piden protección. Y nuevamente, algún político desvergonzado se la ofrecerá.
Hablando de políticos desvergonzados, ¿en qué pensaba Mitt Romney cuando dijo a electores de Michigan que esos empleos perdidos en la industria automotriz estadounidense podrían volver? Fue necesario John McCain para hablar en forma directa y decir a los electores de Michigan lo que precisan oír que esos empleos se han ido porque el mundo está cambiando y ellos deben cambiar junto con él.
Pero McCain podría haber ido más allá. Podría haber explicado que los sindicatos ayudaron a producir este desplazamiento al exigir remuneraciones, que los colocó fuera del mercado. Podría haber señalado que muchos obreros se avinieron a ello, porque sintieron que tenían derecho a disfrutar del mismo nivel de vida de sus padres, pero no quisieron obtener la preparación adicional necesaria para lograrlo. Podría haber dicho que la situación se complica por el hecho de que siempre estarán aquellos que no quieren mudarse de sus ciudades natales. Y, finalmente, podría haber recordado a los electores, que no siempre pueden echar la culpa de sus problemas a los demás.
Como parte de un paquete de estímulo, el gobierno quiere enviar reembolsos fiscales. Eso está muy bien. Pero lo que algunos estadounidenses necesitan no es un cheque para llevar al banco, sino una lección para tomarla seriamente.