La Esquina
La vida aquí: los sueños, sueños son
Hay que dejar de definir “el sueño americano” con aquellos estereotipos materiales de ser dueño de una casa, conseguir un trabajo, prosperar. O aquellos otros estereotipos más espirituales de llevar adelante una familia, realizarte en la vida, aspirar a desarrollar tu potencialidad. Lo primero está sometido a los inconvenientes de la recesión del momento o de la crisis hipotecaria del siglo. Lo segundo, depende un poco de lo primero, pero no tanto como muchos piensan: el desarrollo espiritual, o la felicidad, puede correr en paralelo a las circunstancias materiales más desoladoras. Muchas veces son dos vías que soportan el desbocado tren de la vida. Claro que una casa, un trabajo y un salario ayudan. Pero es triste para quienes deben abandonar sus paises que “el sueño americano” sea, al fin, una vida con dignidad. Lo que es inexacto es que esa dignidad se consiga siempre en Estados Unidos y que no se consiga en otras partes del mundo. Eso es lo que se desprende sobre todo en época electoral de muchos discursos triunfalistas, embutidos de barras y estrellas.
Las cosas en su sitio. Hay otras “tierras de las oportunidades” para los desheredados del mundo. Una de ellas es España: ex-imperio y exportador de seres humanos durante décadas en su historia reciente, redescubriéndose a sí misma en sus inmigrantes de América o en los que durante décadas le limpiaron el trasero a Europa. Hoy España es el segundo país receptor de inmigrantes del mundo, la mayoría de Latinoamérica, y maneja políticas de legalización que sonrojarían a la Estatua de la Libertad.
La Estatua de la Libertad. No podemos leer lo que allí está escrito, ni los grandes textos fundacionales de esta nación como la Declaración de Independencia, sin sentir, como mínimo, frustración al ver como, con demasiada frecuencia, la práctica política estadounidense le da la espalda al espíritu y a la letra de sus propios fundamentos filosóficos. Y cuando esto ocurre, “el sueño americano” se convierte en un principio vacío para uso y abuso de retóricos. Porque ese principio no puede existir en paralelo, como dos vías que no se tocan, con políticas de acoso y derribo de inmigrantes o con esa guerra de baja intensidad llamada pobreza viviendo en la puerta de al lado o con la salud concebida como privilegio, y no como derecho. Y es el inmigrante quien lleva a cuestas el sueño como nadie. Criminalizarlo y decir que es sólo a “los ilegales” a quienes demonizamos suena a baratija. Desde que un influyente grupo de políticos decidió hacer de la inmigración indocumentada el gran tema del país, la comunidad latina de Estados Unidos ha sufrido de un señalamiento desproporcionado y de una atención desenfocada por parte de los legisladores. Legalizar a quien lo merece sería una política saludable que concuerda con los principios de esta nación y ayudaría a darle sustancia a la retórica del sueño.
Alberto Avendaño
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