Es legítimo casi inevitable en ambiente electoral cortejar al votante con aquello que te hace único. Soy mujer, soy afroamericano, soy hispano... o simplemente soy algo distinto de lo que hoy está en el poder. Claro, unos lo tienen más difícil que otros. O sea, si no eres mujer es políticamente riesgoso exponer públicamente tu interior femenino, si no eres negro ni se te ocurra balbucear “ebonics” y si no eres latino nunca comas un tamal sin desenvolverlo. Ah, y si eres blanco y tan parecido al actual inquilino de la Casa Blanca como dos gotas de agua, recuérdale al votante que tú eres el cambio. Y no te preocupes por el significado de la palabra. Todos mujer, afroamericano, predicador cristiano, veterano de Vietnam, ex-alcalde o ex-actor todos traen el cambio. ¿Recuerdas aquello de “una rosa, es una rosa, es una rosa...”? Lo escribió una poeta estadounidense autoexilada en París a quien se le perdió el nombre de la flor. Tal vez porque al olor de la flor se le olvida la flor, como también dijo otro poeta. Y el olor del voto hace que los candidatos olviden la substancia del mensaje. O eso parece.
Lo afro y lo femenino. Tal es la tensión electoral que hasta Bill Clinton, esposo de aspirante y llamado en su día “el primer presidente negro de Estados Unidos”, intentó minimizar la ascensión de Barack Obama, quien sí sería el primer comandante en jefe afroamericano. Se abrió la caja de los truenos y la campaña de Obama y la de Hillary Clinton se adentraron en el laberinto de las explicaciones. Se encontrarán con el peligroso minotauro de la distracción.
Frustración latina. No hablemos de la monotonía republicana, sólo espabiliada por el conservador libertario Ron Paul (sin posibilidades) y el multimillonario-mormón-exgobernador Mitt Romney (con posibilidades). Hablemos de la frustración latina: ¡qué democracia tan bella la que nos permite la esperanza! El gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, era otro de los que quería hacer historia en 2008. Su papá, bostoniano, se llamaba como él, William. Pero su mamá es Maria Luisa Lopez-Collada Márquez y su esposa es Rosaura Ojeda. ¿Se imaginan esos largos apellidos de vetusta raíz hispana engalanando la Casa Blanca, las recepciones oficiales? En fin, ya llegará el día en que el presupuesto dé para hacer una agresiva campaña en la que se hable de lo latino y de lo estadounidense sin pelos en la lengua y en bilingüe. Todavía no es el momento. Y que nadie busque el nombre de Richardson en los vicepresidenciables demócratas. Mi bola de cristal y mi agudo sentido práctico me dice que sería un excelente Secretario de Estado. Si gana un o una demócrata, claro. Mientras, pongámonos cómodos ante una pantalla gigante de televisión en alta definición y creamos en el espejismo: que los políticos enfocados por las cámaras tienen la talla que parece y definen el futuro que nos merecemos.
Alberto Avendaño
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