La Esquina
2008: es hora de consultar la bola de cristal
Repetimos: lo que se viene es el presente que es heredero del pasado. Por eso sufriremos en los meses por venir de inestabilidad social, económica y emocional. Puede ser un año no apto para depresivos. Pero bueno para trabajar por el cambio. Ya saben: esa palabrita que los políticos con aspiraciones presidenciales usan hasta gastarle el significado. Y hablando de presidenciables: ¿será un mormón, un ex alcalde, un predicador, un héroe de Vietnam, un ex aspirante a vicepresidente, un afroamericano, un hispano o una mujer quien lidere este país? Lo sabremos a finales de 2008. Y por si usted ya lo tiene claro: no se fíe. Nadie pensaba que Richard Nixon llegaría a la presidencia en 1968 después de dos derrotas (la de 1960 a manos de J. F. Kennedy y la de 1962 de llegar a gobernador de California). Y pocos apostaban en 1975 por un empresario agrícola de Georgia llamado Jimmy Carter. ¿Y recuerdan lo fácil que lo tenía en 2000, el vicepresidente Al Gore ante el rey de Texas George Bush II?
Quien sí lo tiene claro. Se llama José Liñán, es estadounidense y limeño. Asegura descender de don Melchor de Liñán y Cisneros, virrey de Perú allá por el siglo XVI. Pero él reside en el condado de Montgomery, Maryland, desde 1976. Don José no usa bola de cristal: él me dijo que “siente” a los candidatos ganadores. Acertó, según testigos, a Reagan en 1981 y que Gore no ganaba y que con Kerry “no sentí nada”. En 2008 lo tiene claro: Hillary Clinton será presidenta. Y don José lo siente como “una revelación”. Por eso habló con su pastor y con este columnista.
La inmigración electoral. El año que se viene encima desborda baratijas de retórica para no ensuciarse las manos en los temas que importan. Quién nos iba a decir que, en un país con enormes retos socioeconómicos y una guerra interminable, la inmigración en general y el inmigrante latino en particular iban a ser tema estelar de campaña. Los republicanos no quieren entender que el apoyo al flujo migratorio es un tema conservador y “pro business”. Los demócratas no se atreven a tomar las riendas del debate migratorio porque creen que la inmigración puede ser moneda de cambio en año electoral. Los unos por los otros, la casa sin barrer y un mensaje peligrosamente unificado: inmigración es crisis, crimen y fronteras vulnerables. Y al mismo tiempo parecen crear consenso en que los legales son “ok”, pero hay que acabar con los “ilegales”. Si esto es así: ¿por qué nadie favorece el aumento de la inmigración legal al país para que pueda llegar más mano de obra regulada y se pueda prescindir de la que carece de papeles? Nadie lo propone porque da más votos alimentar los fantasmas de un electorado asustado ante la posibilidad de que peligre su blanca palidez anglo. O lo que algunos entienden como identidad cultural. Pero la única identidad viable es la de la inclusión. ¿Quién se atreve a proponerla?
Alberto Avendaño
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