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El secreto de confesión está en crisis

EFE
EGO TE ABSOLVO. Muchos inmigrantes prefieren confesarse en sus países de origen.

Historias de pecados y penitencias
Cómo comenzó esta práctica religiosa.

La confesión es el Sacramento de la Penitencia, que fue instituido por Jesucristo, para perdonar los pecados cometidos después del Bautismo. Cuando alguien confiesa (reconoce y manifiesta) sus pecados con humildad y arrepentimiento, Cristo mismo le da su perdón y su amistad y lo reintroduce en la comunión eclesial a través de un ministro ordenado, continuador del ministerio de los Apóstoles.

Durante los primeros siglos, generalmente se ejerció este poder en una forma pública, es decir, frente a toda la comunidad cristiana, presidida por el obispo. El penitente manifestaba su arrepentimiento y el obispo asignaba la penitencia, frente a todos.

Al cumplirse la penitencia, recibía el perdón, siendo admitido a la “comunión”, es decir, siendo integrado plenamente a la comunidad eclesial con el derecho y el deber de participar plenamente en la Cena del Señor.

Por lo general se trataba de culpas graves y notorias (apostasía, asesinato, adulterio, etc.). Con el pasar del tiempo, prevaleció la forma privada de realizarse la confesión, por motivos prácticos, teniendo presente el aumento de los feligreses. Así se transformó, para algunos, en una práctica semanal, previa a la misa.

Fuente: Biblioteca Digital Cristiana.

La Iglesia Católica busca revertir un fenómeno de los últimos tiempos: los fieles se han alejado del confesionario

Por Rodolfo Bofill Phinney
Especial para el Tiempo Latino

La primera vez que Yansi Martínez se confesó fue la última. Era apenas una adolescente y aquel diálogo divino, en la oficina de un sacerdote católico hispano, la hizo sudar y tartamudear. A duras penas abrió la puerta de sus pecados, escuchó buenos consejos y logró renovar las paces con el Altísimo.

La joven estadounidense de origen salvadoreño tuvo su bautizo y la primera comunión en la iglesia Sagrado Corazón de Washington. Ese sigue siendo el lugar para su encuentro habitual con el Señor y allí se sacó los pecados de encima, aquel día, hace ya unos diez años.

“El Padre insistió en que a los quince años tenía edad suficiente para comenzar con ese sacramento. Después supe de otras quinceañeras que nunca hablaron de sus pecados en la Iglesia”, dijo Yansi en voz baja, con la cabeza ladeada y el entrecejo fruncido en duda.
Como Martínez, al parecer, otros feligreses han tenido lo que los teólogos están denominando una “crisis del confesionario”. Datos de la Iglesia Católica en el país indican que, paradójicamente, aunque el número de fieles crece, el porcentaje de los que se confiesan ha bajado hasta en un 30 por ciento.

Tal vez por eso, bajo el slogan “The Light is on for you” (La luz alumbra para ti) la Arquidiócesis de Washington promovió hace algunos meses una inusual campaña para encomiar los valores del Sacramento de Reconciliación y animar a las ovejas por la confesión.
Daisy Pedroso vivió siempre sin pecado por dentro, pero desde que llegó a Estados Unidos y tuvo que convertirse en una inmigrante ilegal se aguantó la lengua y hasta la fecha no ha dicho ni una centésima en iglesias locales sobre lo malo de su vida.

“Yo aguanto hasta que visite mi país. No me gusta confesarme en la casa o en la oficina del Padre. Prefiero el confesionario”, dijo rechazando la costumbre local de escuchar confesiones, por ejemplo, en una oficina parroquial. Esta boliviana envuelta en silencio, sin alejarse del púlpito, prefiere perderse en Dios y escuchar lo que le dice el corazón; vivir con paciencia, con valor y con fe. Sin confesarse.

El guatemalteco Aldo Cardozo no cree que los inmigrantes hispanos estén huyendo del confesionario. Eso no ocurre en su comunidad religiosa. Él integra la feligresía de la iglesia Nuestra señora de Dolores, en la ciudad de Takoma Park, en Maryland, donde es particularmente activo el ejercicio de la confesión.

“Quienes no se confiesan, porque echan de menos la parroquia de su pueblo o porque prefieren determinados sacerdotes, no han interpretado correctamente el sentido del Sacramento de Reconciliación”, argumentó Cardozo con voz pausada, mientras hojeaba las sedosas páginas de una Biblia. “Esas personas viven con miedos y prejuicios, y asumen como una obligación o mandato un acto que es esencialmente de fe”, sentenció.

Tampoco el padre Alexander Díaz registra desinterés por la confesión en su iglesia, donde los fieles, mayoritariamente hispanos, se deshacen de sus pecados con entusiasmo y responsabilidad. Hasta cincuenta personas en un día, antes y después de la misa, quieren hablar con él sobre entuertos cotidianos o flaquezas que van en contra de la moral cristiana.

“Lo que faltan algunas veces son sacerdotes”, subrayó el Padre. “Son tantos para confesarse, que en ocasiones a las ocho de la noche aún estoy escuchando historias personales o ayudando a alguien abrumado por la soledad. Ellos sólo quieren una dirección en la vida”.

Para el sacerdote de la iglesia San Felipe, de Falls Church, Virginia, la confesión tiene un valor inestimable, pero comporta también desgaste mental, porque hay que escuchar y analizar decenas de casos diferentes, de temas tan procelosos como la inmigración indocumentada o internet, con los pecados globales de la Red.

Los inmigrantes hispanos, que cada vez son más en el país, traen consigo su cultura, su lenguaje y los eternos pecados que no cambian con los siglos ni con las latitudes. Ellos son dignos del milagro de la vida y muchos se oponen a prescindir de Dios, pero a veces carecen del apoyo comunitario-humano que han tenido en sus países y no son suficientes los sacerdotes afines, cultural e idiomáticamente.

Todo el mundo tiene necesidad de hablar francamente con alguien, pero cuando Graciela Ruiz se confiesa se siente de repente más feliz de lo que ha sido nunca. Ella cree que lo que le gusta a Dios es que estén pendientes de Él siempre, por eso no demora en vaciar su alforja de pecados, como liberando un fluido de su conciencia.

“En Cuba apenas me confesaba, por temor a que el gobierno me estuviera vigilando, pero aquí disfruto ese sacramento y no tengo dudas sobre el secreto de confesión”, dijo Graciela, mientras le encendía una vela a la Virgen de la Caridad del Cobre, la patrona de la isla, vigilante desde un altar junto a la puerta de su condominio. En la iglesia San Martín, en Gaithersburg, y en San Rafael, en Rockville, suele purificar sus días esta cubana con más de veinte años residiendo en Maryland. Ella reconoce que hay quienes se comulgan repetidamente, pero importunan al Redentor al no tomarse en serio las confesiones.

La competencia feroz que tiene lugar en América Latina entre la iglesia católica y otras denominaciones del cristianismo se reproduce también en territorio estadounidense.

Según el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), miles de fieles abandonan diariamente el catolicismo; un fenómeno del que no escapa Estados Unidos, donde algunos sociólogos han vaticinado que la mitad de los inmigrantes hispanos del país no serán católicos en los próximos cinco años.



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