Opinion
Aire público, petróleo privado México
Por Jorge Ramos
Por primera vez, desde que yo recuerdo, he podido ir a un restaurante en Ciudad de México y no salir apestando a humo de cigarro. Es más, hasta fui a un cantabar (tipo kareoke) y los fumadores se salían, echando humo, a un balconcito.
Me pareció increíble. Casi como cuando el Partido Revolucionario Institucional (PRI) perdió las elecciones de 2000. Siempre pensé que me moriría con el PRI en la presidencia y ahogado por humo de cigarrillo.
Los mexicanos, por fin, hemos podido hacer lo mismo que los italianos y los franceses, para no mencionar a más. Es decir, respetar una ley que prohíbe fumar en lugares cerrados en la capital mexicana y poner como prioridad los pulmones de los que no fuman. Es una victoria pequeña. Pero significativa. De alguna manera los capitalinos han recuperado su aire. Es cierto que el aire de la Ciudad de México sigue siendo de los más contaminados del mundo. Sin embargo, el aire que se respira dentro de oficinas, escuelas, restaurantes y lugares públicos cerrados ya no es de los fumadores. Y eso es un triunfo.
El consenso logrado con nuestro aire, sin embargo, no se ha alcanzado con nuestro petróleo. Desde 1938 es de los mexicanos. De todos. Pero hay el temor de que deje de ser así.
Por eso no me sorprende la resistencia que ha provocado la propuesta del presidente Felipe Calderón de permitir que el sector privado participe en la construcción y operación de refinerías, y que empresas extranjeras obtengan contratos para explorar en busca de petróleo en aguas profundas, entre muchas otras reformas.
Calderón ha insistido en que el petróleo de México “no se va a privatizar”, aunque es necesario para el beneficio de Pemex y del país y para que la industria se abra a otro tipo de inversiones y colaboraciones, como ocurre en varias partes del mundo. Pero muchos no están de acuerdo. Temen que esta reforma “light” de Pemex, por más bien intencionada que parezca, termine siendo botín de unos pocos y deje a México aún más amolado y pobre.
El problema energético para México es muy sencillo. En los últimos cuatro años ha caído la producción de petróleo, según informa The New York Times. Y a muchos mexicanos les parece inexplicable que México, un país petrolero, tenga que importar casi la mitad de toda la gasolina que consume.
Pero lo que pocos entienden es adónde han ido a parar todos los ingresos de Pemex. El barril de mezcla de petróleo mexicano se vende a unos $90 en el mercado mundial. Y cuesta $4 5 extraer un barril. Entonces ¿dónde está ese dinero? Si con tantos millones Pemex no puede pagar sus gastos, invertir en nueva tecnología y crecer, se trata (en el mejor de los casos) de una operación terriblemente ineficiente.
La “administracin de la abundancia” a la que se refirió el ex presidente José López Portillo hace tres décadas ha resultado un fiasco.
La oposición, liderada por el llamado Frente Amplio Progresista (FAP), tomó ambas cámaras del Congreso para evitar que la mayoría legislativa aprobara esta reforma en un rapidín. Pero varios mexicanos con quienes conversé estaban tan molestos con este hecho de fuerza como con la noción de que el petróleo dejara de ser mexicano, aunque fuera un poquito.
La pregunta es qué tanto es tantito. ¿Se puede decir que el petróleo mexicano se privatiza sólo porque hay algunas compañías privadas y extranjeras que ayudarán a explotarlo? Sí, dice la oposición. No, dice el gobierno. Aquíé, no olvidemos, tambin hay un asunto personal. Andrés Manuel López Obrador ni siquiera reconoce como presidente legítimo a Calderón. Y el mandatario no está dispuesto a ceder ante el que considera como un mal perdedor de las elecciones de 2006. Lo que resulta poco claro es por qué una propuesta con consecuencias tan severas para el futuro del país no vino ligada a audiencias públicas televisadas y con la participacin de todos los puntos de vista.
Lo único rescatable es que los mexicanos están luchando por su petróleo y por el futuro de sus hijos, ya no tanto por el de ellos.
Los mexicanos podemos llegar a ciertos consensos. Ahí están como ejemplo las nuevas reglas contra el tabaquismo. Si nos pusimos de acuerdo sobre nuestro aire, nos podemos poner de acuerdo sobre nuestro petróleo. A veces somos nuestros peores enemigos.