Opinion
No es lo mismo y no es igual Presidenciales 2008
Por Jorge Ramos
No es lo mismo Hillary Clinton y Barack Obama que Barack Obama y Hillary Clinton. Cuando se trata de una elección presidencial tan peleada como la que estamos viendo, el orden de los factores sí altera el producto.
Lo que comenzó como una broma al final de un debate presidencial se está convirtiendo en el gran interrogante político que todavía nadie puede responder: si gana el senador Obama la nominación del Partido Demócrata ¿escogerá a la senadora Clinton como candidata a la vicepresidencia? Y si gana Clinton, ¿escogerá a Obama como candidato a la vicepresidencia? Está muy claro que Clinton no puede desechar a Obama y que Obama tampoco puede deshacerse de Clinton. Así que, como esos gemelos que nacen pegados por la cadera, ahora Clinton y Obama están condenados a pasar juntos los próximos meses de su vida (política).
Si Obama no escoge a Clinton como candidata a la vicepresidencia, puede perder millones de votos de mujeres y de hispanos. Si Clinton no escoge a Obama como candidato a la vicepresidencia, corre el riesgo de quedarse sin los votos de los más jóvenes y de un buen bloque de los votantes afroamericanos.
Todo parece indicar que el asunto no se va a resolver con las elecciones primarias. Ni Clinton ni Obama van a conseguir así los 2.025 delegados que necesitan para la nominación. Entonces todo quedará en manos de los súperdelegados.
Pero la simple idea de que una decisión tan importante pueda depender de políticos profesionales súperdelegados y no de los votantes provoca enojo, frustración, confusión y hasta denuncias de que sería un proceso antidemocrático.
¿De qué sirvieron, entonces, las elecciones primarias?
Los súperdelegados son todos los actuales congresistas, senadores y gobernadores, así como los ex presidentes, ex vicepresidentes, ex líderes del Congreso, ex dirigentes del partido y uno que otro colado. Y estos súperdelegados no están comprometidos a votar por ningún candidato.
Obama, por ahora, tiene más delegados que Clinton. Sin embargo, los súperdelegados podrían escoger a un candidato distinto al que obtenga la mayoría del voto popular, arriesgándose a una rebelión dentro del partido y a un voto de castigo en las elecciones presidenciales de noviembre. Eso puede resultar en un súperdesastre.
A muchos no les parece justo ni democrático que 796 súperdelegados apenas el 20 por ciento del total de 4.049 delegados impongan su voluntad por encima de los otros 3.253 delegados. Pero, justo o no, ésas son las reglas del juego y todos los candidatos, incluyendo a Obama y Clinton, las aceptaron antes de lanzar su precandidatura.
Desde 1952 los demócratas no han llegado a una convención sin candidato. Y esto podría repetirse este año. Hoy resulta imposible pensar que Clinton o Obama estén dispuestos a ceder y a entregar la candidatura a su oponente. Así que es posible que lleguemos al lunes 25 de agosto a Denver, al inicio de la convención Demócrata, y que la elección del nominado se negocie en salones cerrados.
Sin duda, uno de los principales temas pendientes es el de Florida y Michigan. Sus delegados, hasta el momento, no cuentan ni irán a la convención. Ambos estados fueron castigados por adelantar la fecha de sus elecciones primarias y no se ha encontrado una forma de resolver el problema. Por primera vez en mucho, mucho tiempo, el Partido Demócrata tiene dos candidatos que pueden ganar la presidencia. Cualquiera que obtenga la nominación puede hacer historia. Pero si el partido maneja mal la selección del candidato y deja la impresión que no fue democrática o justa, pudiera frustrar y desilusionar a muchos votantes.
Por eso, la posibilidad, aunque todavía muy remota, de que Clinton y Obama o Obama y Clinton se presenten juntos como un equipo para tratar de derrotar a John McCain, el nominado del Partido Republicano o al menos, que el perdedor apoye activamente la candidatura del nominado ha dejado de ser una simple especulación política. Pudiera ser la única manera de no dividir al Partido Demócrata ni a sus aspiraciones de recuperar la Casa Blanca tras cinco años de guerra y ocho años de George Bush.
El Partido Demócrata está obligado a hacer honor a su nombre. O puede perderlo todo.