La Esquina
Desobediencia civil: excesos y simbolismos
Activistas del Norte de Virginia viajaron esta semana, en auto, más de dos mil millas hasta Arizona para llegar a la frontera y cruzar a México. El sábado 19 tienen previsto volver a cruzar esa frontera, pero esta vez hacia Estados Unidos y sin documentos. La idea, según Jeff Winder del grupo “El Pueblo Unido” y uno de los que cruzará sin papeles, es denunciar la crisis fronteriza “donde los productos fluyen libremente a través de los puertos de entrada todo el día mientras los seres humanos mueren en el desierto”. Este acto de desobediencia civil forma parte de una campaña que culminará el 1 de mayo, en Washington DC, con una manifestación convocada por la organización “Mexicanos Sin Fronteras”.
Lo simbólico. Este tipo de acciones llaman la atención y aseguran la cobertura mediática. Pero dudo sobre su incidencia positiva para la causa inmigrante. Y más temo un incremento de la retórica incendiaria de esos viejos y enojados hombres blancos que acaparan las pantallas de TV en inglés en el tema migratorio. En estos tiempos de reformas aparcadas y de timidez en el liderazgo político del país, lo último que se necesita son más mensajes de hostilidad e ideología apocalíptica. Con el debido respeto para este tipo de activismo y reconociéndoles su derecho a expresarse, me resulta imposible compartir el mensaje de “ellos contra nosotros”. La idea debe ser que “nosotros” somos parte de esta nación. Y la política migratoria debe basarse en un consenso nacional, pragmático y con sentido humano.
Los excesos. ¿Por qué se empeñan algunos sectores del activismo político y comunitario de este país en armar su retórica pro inmigrante alrededor de la lucha de clases, de la colonización, de europeos vs. indígenas, para terminar añadiendo a la mezcla la guerra en Irak? En su explicación sobre “por qué cruzamos la frontera de México con Estados Unidos”, la organización “El Pueblo Unido” (www.thepeopleunited.org) dice que “las políticas de odio nos hieren a todos”. Y tienen razón. Pero no parecen entender el mensaje de odio que ellos mismos difunden entre sus “compañeros inmigrantes”. Unos compañeros que se arriesgan hacia el Norte, que se asientan en el Norte, que se convierten en el Norte. Éste es un país donde amplios sectores de la población no “son”, “se hacen”. Las olas migratorias, el tiempo, las luchas sociales, y el complicado debate democrático, hacen que el péndulo de la historia regrese y reivindique al humillado, ponga las cosas en su sitio, por el bien del orden social. Por eso es perjudicial enfrentar al inmigrante con el país que lo necesita a él y que él necesita. Un país del que el inmigrante desea formar parte. Por eso, en estos tiempos de crisis social, respetamos el simbolismo de un acto de desobediencia civil, como cruzar la frontera sin papeles. Y por eso criticamos la retórica con la que se justifica.
Alberto Avendaño
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