Opinion
La violencia y la miseria llevan al Norte Centroamérica
Por Dina Fernández
Que la violaran un lunes en la mañana en el asiento trasero de una camioneta de guardespaldas fue la gota que rebalsó el vaso.
Cuando los hombres la empujaron del auto y la dejaron tirada en una de las principales calles de la ciudad de Guatemala, golpeada, llorando y con la ropa ajada y sucia, Anabella decidió marcharse.
No importó que le explicaran que en los Estados Unidos la economía iba mal, que los hispanos cada vez tenían más dificultades para encontrar trabajo, que además eran perseguidos sin misericordia. Anabella estaba harta.
“No me había decidido antes porque mi mamá se apena mucho por el viaje tan peligroso”, contó la joven unos días antes de emprender la aventura hacia California, donde viven unos primos. “Pero aquí ya me pasó lo peor. Mejor pruebo y si Dios quiere, me va bien”.
A pesar de que los diarios en Centroamérica informan periódicamente de las deportaciones de migrantes sólo el año pasado los aviones del gobierno norteamericano trajeron de vuelta a 20.000 guatemaltecos todavía abundan quienes están dispuestos a jugarse la vida, a invertir todos sus ahorros o a endeudarse hasta por ocho mil dólares con tal de buscar el llamado “sueño americano”.
Entre ellos está Anabella, quien a los 24 años trabajaba como empleada doméstica en el sector más lujoso de la ciudad de Guatemala.
“Aquí se gana muy poco”, explicó con frustración la joven, quien durante un tiempo asistió a una escuela para adultos los fines de semana, con la esperanza de mejorar sus ingresos.
Del ambiente de trabajo Anabella no se podía quejar. A pesar de que la casa era grande había que limpiar cuatro dormitorios y tres salonessólo había que atender a una pareja de retirados que la trataba con respeto y le daba poco que hacer. Lo que acabó de desesperarla fue el ultraje sufrido a plena luz del día, cuando esperaba el autobús.
“La gente vio cuando me metieron a ese carro”, recordó Anabella sin poder contener las lágrimas. “Yo grité y nadie hizo nada para ayudarme”.
En un país donde ocurren cinco asesinatos diarios, los guatemaltecos viven bajo miedo constante y no se atreven a intervenir cuando la violencia los sorprende en la calle.
Ese día, a Anabella no le quedó más que irse al trabajo y contarle la horrible experiencia a sus jefes, quienes la llevaron al hospital y le ofrecieron apoyo legal para poner la denuncia ante las autoridades.
La joven se negó a iniciar un proceso. “¿Para qué? La Policía no va a hacer nada”, razonó con tristeza.
Más que la falta de oportunidades para progresar, fue la sensación de abandono e indefensión lo que la animó a buscarse el futuro en otra parte.
“Aquí a uno lo matan y da igual”, afirmó.
Anabella prometió llamar cuando llegara a California.
Eso fue hace quince días y todavía no hay noticias de ella.
Dina Fernández es columnista
de ‘El Periódico’ en Guatemala
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