HERIDOS. Un aficionado de River Plate recibe ayuda en las gradas del Estadio de Vélez Sarsfield en Buenos Aires, el 30 de marzo.
Episodios recientes en Argentina y Colombia, con muertos y heridos, revelan un problema que ya es endémico
Por Miguel Guilarte
El Tiempo Latino
El 30 de marzo corrió la sangre en las gradas del estadio de Vélez Sarsfield en las afueras de Buenos Aires. Ese día fueron golpes entre los seguidores. Pero dos semanas antes, el 15, moría de un balazo un hincha del Vélez, cerca del estadio del San Lorenzo. Poco después hubo 80 heridos en Cali, Colombia, durante la disputa de un clásico.
La violencia en el fútbol ha desbordado el terror en los estadios de Latinoamérica, y la impunidad de los crímenes e indolencia con que las autoridades abordan el problema, dicen expertos, hacen presagiar que esta problemática está muy lejos de desaparecer.
Y mientras el ministro de Justicia argentino, Aníbal Fernández, calificaba uno de los últimos muertos del fútbol de “caso aislado”, los estadios del país parecieron convertirse en campos de batalla.
Las disputas no se limitan sólo a enfrentamientos entre barras enemigas, sino que enfrentan a seguidores de un mismo equipo, como sucedió en el estadio de Vélez Sarsfield entre los hinchas de River Plate.Un barrabrava de River resultó herido de gravedad cuando se enfrentaron dos facciones enemigas: hubo 38 detenidos y por lo menos siete heridos.
El 15 de marzo, en las cercanías del estadio Nuevo Gasómetro de Buenos Aires, sede del San Lorenzo, fue asesinado el aficionado del Vélez, Emanuel Álvarez, de 21 años, instantes antes del encuentro.
Ese fin de semana sangriento para el fútbol argentino había comenzado el viernes 14 con la muerte de una aficionada en Salta, cuando se dirigía a ver un partido de Segunda División.
Además de esos dos muertos y la cancelación del encuentro San Lorenzo-Vélez Sarsfield, las autoridades tuvieron que suspender el Gimnasia y Esgrima de Jujuy-Lanús, por falta de seguridad, mientras que el domingo 16 en el barrio La Boca de Buenos Aires fueron detenidos 183 hinchas del Boca Juniors después de un choque entre barras bravas que provocó heridos y destrucción de automóviles en las adyacencias de “La Bombonera”, la sede del club boquense.
El asesinato por arma de fuego del aficionado de Vélez, generó la reacción violenta de los hinchas dentro del estadio y las autoridades tuvieron que suspender el encuentro ante la presión de los jugadores y por los “actos de guerras” que sucedían en las tribunas entre los aficionados y la policía.
La tensión llegó a la arena política. Y hubo palabras cruzadas. El ministro Fernández reiteró que la muerte del hincha de Vélez no había sido “un hecho del deporte”. Y el político bonaerense Jorge Macri expresó que ya era hora de que la política se involucrase con la seguridad de deportiva.
Todo ocurrió en Argentina, una semana después de que en Cali, Colombia, se hubiera al menos 80 heridos durante el encuentro clásico de esa ciudad entre el Deportivo Cali y el América de Cali el 8 de marzo en el estadio Pascual Navarro.
Los hechos en Cali trascendieron al terreno de juego cuando el entrenador Diego Umaña del América agredió a su colega uruguayo Daniel Carreño del Deportivo, sucesos que se sumaron a otros casos de la violencia que han azotado al fútbol colombiano en los últimos meses.
“Lamento mucho que esas cosas sigan pasando en el fútbol colombiano y espero que eso mejore porque el fútbol es un espectáculo para vivirlo en paz”, dijo el defensor del D.C. United, Gonzalo Martínez, originario de Colombia.
En Argentina es un secreto a voces que la Asociación de Fútbol Argentina (AFA) no actúa de manera más enérgica para combatir a los barras bravas violentos para no arruinar los intereses de sus principales socios que son los clubes.
“En mi país eso de la violencia se ha vuelto un problema muy complejo. Es algo muy fuerte que los aficionados toman con mucha pasión y los hace cometer cosas que no tienen nada que ver con el fútbol”, opina Gonzalo Peralta, el defensa argentino del D.C. United.
“Creo que la solución está en dejar entrar a los estadios a la gente que se conoce, es decir que sepan quién entra a los estadios y si hay problemas que los agarren. Pero el problema es que a la AFA no le conviene porque el negocio está en que los clubes grandes de primera división recauden. A ellos (la AFA) no le conviene hacer eso”, fustigó Peralta.
La violencia de las diferentes barras bravas de los equipos, como los de la Barón Rojo del América en Colombia, o la del River Plate y los ultra de Boca Juniors en Argentina, las de Colo Colo y Católica en Chile, o las de Peñarol-Nacional en Uruguay se aprecia ya por algunos sectores como un mal global que requiere acciones concretas. Por eso la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES) argentina acaba de anunciar un “Congreso Internacional de Lucha Contra la Violencia en el Fútbol”. El evento tendrá lugar del 3 al 5 de junio, según anunció el rector de la UCES, Horacio O’Donell, quien dijo que se trata de diseñar un programa educativo para la enseñaza primaria y secundaria.
Pero mientras desde la sociedad se intenta combatir el flagelo, parece que los violentos en Argentina llevan ventaja.
Por la disputa del liderazgo de la barra brava del River Plate, en agosto de 2007 murió acribillado a balazos Gonzalo Acro, de 29 años, en una acción que puso en evidencia la existencia de códigos mafiosos entre grupos de un mismo club.
En el caso de las mafias de Boca, la disputa por el poder comenzó el año pasado, cuando el líder de la barra brava boquense, Rafael Di Zeo, fue condenado a una pena de más cuatro años de prisión como coautor del delito de coacción agravada por el uso de armas en perjuicio de hinchas de otro club.
Los barras bravas o ‘hooligans’ como se les llama en Europa son erradicables. “Si en Inglaterra acabaron con los “hooligans” por qué nosotros no podemos hacer lo mismo en Argentina”, se preguntó el 16 de marzo Diego Maradona.
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