Esta semana, la noche del martes 25 en Nueva York, un grupo de estudiantes universitarios, líderes religiosos y activistas comunitarios le rogaron a la patrona de los inmigrantes, Santa Francisca Javier Cabrini, por el futuro de los estimados 65 mil estudiantes de secundaria indocumentados que se gradúan cada año en Estados Unidos. Hubo oraciones, cánticos y velas encendidas en una pequeña procesión presidida por la imagen de Cabrini, la misionera italiana, declarada Patrona de los Inmigrantes el 17 de septiembre de 1950 por el Papa Pío XII, quien la canonizó en 1946. Francisca Javier Cabrini fue la primera ciudadana norteamericana declarada santa por el Sumo Pontífice. La fundadora de las Misioneras del Sagrado Corazón nació cerca de Pavía, Italia, en 1850 y murió en Nueva York el 22 de diciembre de 1917 a los 67 años. Y 67 fueron las instituciones caritativas que fundó en América. Cuando llegó a Nueva York, en 1889, en compañía de un pequeño grupo de misioneras, se dedicó a ayudar a la comunidad inmigrante, mayormente italiana. Luego su caridad se extendió hacia los latinoamericanos.
La oración. “Santa Francisca Javier Cabrini: te pedimos por todos los americanos, los del norte y los del sur, y por toda la juventud en peligro. No dejes de trabajar y de interceder en el cielo por los que todavía luchamos con peligros en esta tierra”. “Santa Francisca, interviene por nosotros para que pase el Dream Act”. Con estas palabras pidieron los creyentes a la santa en la iglesia Santa Teresa del Bajo Manhattan. Y agradecieron a Cabrini que se concediera en Nueva York la licencia de conducir para indocumentados.
El fervor. El religioso y el político, es un trance humano legítimo. Sobre todo en tiempos de disfuncionalidad legislativa, sin marco migratorio que asegure el presente o el futuro de muchos seres humanos vulnerables. Cuando al inmigrante se le sitúa en la cuerda floja del limbo legal, surge la oración como alternativa. El “Dream Act” es un proyecto de ley que permitiría a los estudiantes de secundaria indocumentados ser reconocidos como residentes reales (lo legal vendrá después) y visibles de los estados y los distritos escolares en los que viven. Es una oportunidad para encauzar la vida de muchos jóvenes que son de aquí y no de donde la ley ciega les señala. El derecho a estudiar se lo reconoció en su día la Corte Suprema. El derecho a ser miembros de pleno derecho de nuestra sociedad se lo han ganado ellos a pulso, con su estudio y su comportamiento. Nadie les está regalando nada. Ni siquiera la Santa puede evitar que los legisladores aborden el tema desde el interés y no desde la caridad: el proyecto de ley se incluye como enmienda en la ley de gastos de Defensa. Tal vez en el Senado ven a estos jóvenes como carne de cañón. Eso no importa ahora. Lo crucial es dar un paso positivo hacia adelante. Ser inclusivos y compasivos. Hacer el bien. Amén.