El conteo final de las elecciones en Guatemala arrojó los resultados esperados: habrá una segunda vuelta en noviembre entre el social demócrata Álvaro Colom y el ex general Otto Pérez Molina. Hubo, sin embargo, una derrota que sí sorprendió: la de Rigoberta Menchú, quien apenas obtuvo el 3 por ciento de los votos.
La Premio Nobel de la Paz esperó los resultados en su casa de la capital, recluida por la gripe y consolada por un grupo de mariachis.
“La sola participación de Rigoberta constituye un hito histórico que enriquece la democracia en Guatemala”, justificaba el politólogo indígena Alvaro Pop.
Muchos coincidían al afirmar que se trataba de “una patada voladora al conservadurismo guatemalteco”, pero a juzgar por los resultados de las urnas, no galvanizó a la población maya, la más afectada por la pobreza, la desigualdad y la exclusión. Sólo en tres provincias indígenas Totonicapán, Chimaltenango y SololáMenchú obtuvo más del cinco por ciento de los votos. En el pueblo donde nació, Uspantán, apenas recibió el 2.8 por ciento de los sufragios.
¿Por qué esa falta de apoyo?, preguntaban incesantemente periodistas y observadores.
Ante todo, vale recordar que en Guatemala los indígenas no están aglutinados en un movimiento unificado y homogéneo. Para comenzar, hablan 22 idiomas diferentes y algunos pueblos tienen una tradición de rivalidad heredada desde la época precolombina. El tiempo y la falta de recursos tampoco favorecieron a Menchú, quien decidió lanzarse al ruedo hace sólo seis meses. La solidaridad internacional no accedió a patrocinar la campaña y la empresa privada guatemalteca, menos.
A pesar de que el candidato a la vicepresidencia de Menchú, el cafetalero Luis Fernando Montenegro, era un empresario de prestigio, las chequeras de la elite permanecieron cerradas.
Las fracturas internas en el seno de la coalición liderada por Menchú también afectaron el resultado. Encuentro por Guatemala se formó con intelectuales mayas, organizaciones agrarias y algunas ramas escindidas de la izquierda urbana del país, pero estas tendencias nunca lograron compenetrarse del todo. La base campesina, por ejemplo, reclamaba una posición revindicativa en torno a la propiedad de la tierra, que Menchú nunca quiso adoptar para no entrar en conflicto directo con las clases medias y la elite.
“El principal error residió en no aprovechar sus fortalezas para construir un discurso con identidad fuerte”, dijo el consultor costarricense Danilo Morales, estratega de la campaña del general Pérez Molina. “Rigoberto no salió a convencer ni las mujeres ni a los indígenas ni a la izquierda”.
Aunque Menchú afirma que sus ambiciones políticas son a largo plazo, por ahora queda claro que su estatura de ícono se proyecta a nivel internacional. “Lo que hay que entender con Rigoberta”, explicó otro consultor político guatemalteco, Mauricio López Bonilla, “es que no ha dejado de ser un producto de exportación”.
Dina Fernández es columnista
de ‘elPeriódico’ en Guatemala
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