RECUERDO. Diciembre 2005: Adrián Esquino (der.) junto a Gaspar Romero (izq.), hermano de monseñor Oscar Romero, y Francisco Acosta en Sonsonate, El Salvador.
Adrián Esquino Lisco murió el día 10 en Sonsonate. Era muy querido en Washington
Por Ramón Jiménez
El Tiempo Latino
Al son de tambores y flautas, con olor a incienso y tabaco, fue sepultado en El Salvador el cacique Adrián Esquino Lisco, quien mantenía una estrecha relación con la comunidad indígena de la región de Washington.
El funeral de Esquino Lisco, quien falleció a causa de diabetes crónica a los 70 años de edad, tuvo lugar el lunes 10 en el cementerio de San Antonio del Monte, tras una procesión de tres horas desde la ciudad de Sonsonate.
Esta semana fue recordado en Washington, como el líder que hizo resurgir el movimiento indígena en el territorio salvadoreño cuando sus tradiciones, creencias y sabidurías estaban a punto de extinguirse.
Dirigentes nativos de la región metropolitana de esta capital lo recuerdan como un hombre de gran capacidad.
“Esquino Lisco no solamente levantó la presencia de los indígenas en su país sino que vino a Estados Unidos, y Europa para estrechar lazos con otras comunidades hermanas”, recuerda el jefe Billy Tayac, de la nación Piscataway en el condado de Charles, al sur de Maryland.
“Es un orgullo para mí llamarlo ‘mi hermano’, porque así lo siento”, destacó Tayac en su residencia de Port Tobacco, donde el sábado por la noche tuvo lugar una ceremonia funeral en memoria del fallecido cacique, donde asistieron su hijo Margarito y su nuera María, así como los nativos taínos y cherokees.
Para los esposos Francisco y Bárbara Acosta, de Silver Spring, la muerte del jefe espiritual de la Asociación Nacional de Indígenas Salvadoreños (ANÍS) es una gran pérdida para esa comunidad de unas 65 mil personas entre náhuats, mayas y lencas.
“En más de 25 años de excelentes relaciones estuvimos en las buenas y en las malas. Aprendí de él eso que nunca me enseñaron en la escuela: que la mayoría de salvadoreños tenemos raíces indígenas”, dijo Francisco Acosta.
“Lo voy a recordar como la persona que revivió ese movimiento en El Salvador, le dio valor y le volvió la esperanza. Era una persona que yo admiré porque tenía muy buena claridad de las estructuras de poder y sabía lo que hacía en cualquier foro internacional ya sea en la ONU de Nueva York, en Ginebra, Suiza o en Washington, D.C.”, apuntó Acosta.
Por su parte el puertorriqueño José Vargas, que se considera un boricua-taíno reconoce los méritos de Esquino Lisco, quien en 1997 fue nominado al Premio Nobel de la Paz.
“Era un hombre humilde pero de gran espíritu y elegante en su forma de comunicarse”, apuntó Vargas, residente en Oxon Hill, Maryland.
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