La Esquina
Respetar al otro, luchar por el respeto
Es difícil sentir el respeto, el calor humano de una sociedad, cuando el color de la piel, el acento, el idioma o incluso la ropa que vestimos nos denuncia ante los demás como “diferentes”. Al final, aunque las leyes nos abriguen con derechos, los individuos esos seres que gobiernan localidades o interactúan con nosotros en la calle tienen la última palabra. O casi. Por lo menos son dueños de la palabra hiriente del prójimo. O el acto. Ese duele más y obliga a que nos defendamos. En un vagón del metro en Barcelona, España, una cámara grabó el ataque a patadas y golpes de un joven contra una joven inmigrante ecuatoriana. El muchacho contaba por el celular a alguien lo que estaba haciéndole a esa persona porque era inmigrante. En ese vagón solo estaban presentes el atacante, la víctima y otro inmigrante que no se atrevió a moverse de su asiento. La cámara silenciosa fue testigo. El atacante fue detenido y luego puesto en libertad. La joven mujer sufre de pánico y no puede salir de su casa. Al ver las imágenes sufrí con la mujer, sentí asco del atacante y me pregunté cuántos de nosotros nos quedamos pegados a nuestros asientos a diario.
Racismo. En la misma ciudad española de Barcelona, más de un centenar de pasajeros de un tren se amotinaron al considerar racista la actitud de un revisor que sólo le pidió que mostrara su ticket a un pasajero de raza negra. El revisor fue directamente hacia el citado pasajero a pedirle el billete y amenazó con parar el tren si no se lo entregaba, una actitud que generó las protestas del resto de viajeros que empezaron a silbar y a abuchear en apoyo del hombre.
Esperanza. El pasajero era un doctor cubano que trabaja en un hospital del área. Pero la actitud del revisor surgió del prejuicio y del odio a lo diferente. España es el segundo país del mundo en recepción de inmigrantes. Y comienzan a aflorar tensiones que parecen más propias de Estados Unidos. Aquí hay mucho andado en protecciones legales y mucho por andar en respeto y conocimiento del otro. Las estupideces vomitadas por algunos supervisores del condado de Prince William, en Virginia, que llegaron a decir que Woodbridge estaba tan llena de latinos que se debía izar una “bandera hispana”, demuestra ignorancia. Pero es una ignorancia fronteriza con la patada de desprecio a una inmigrante en un vagón del metro o la hostilidad hacia un pasajero con un oscuro color de piel. Cuando una familia latina nos cuenta que acudieron a un hospital de emergencia y nadie les hizo caso y tuvieron que marcharse a su casa luego de horas de espera, siento la patada. Cuando, en Texas, hace muchos años, mi hija en el primer grado me dijo que su maestra la llamó mexicana, me sentí mestizo y negro y orgulloso. Pero ofendido porque ni ella ni yo somos mexicanos. Alguien quería escribirnos nuestra historia sin respeto. Luchar por el respeto es luchar contra las patadas.