Opinion
Las dos guerras de Tony Saca El Salvador
Por Jorge Ramos
El único país latinoamericano que tiene tropas en Irak es El Salvador. ¿Qué hace un país tan pequeño y tan lejos del Medio Oriente con 280 soldados salvadoreños metidos allí desde el 2003? Eso es lo que pregunté al joven presidente de El Salvador, Tony Saca, en una reciente entrevista.
“En primer lugar nosotros consideramos que cuando una cosa se comienza, hay que terminarla”, me aclaró Saca. “Te puedo asegurar que en varias zonas de Irak donde han estado nuestros contingentes, ha mejorado la seguridad”.
Es curioso que muchos políticos norteamericanos no puedan definir lo que sería tener “éxito” en Irak, pero Saca sí tiene su propia definición: “Cuando puedan las autoridades, y especialmente la fuerza pública de Irak, ir tomando control del país”.
Hasta el momento, eso no ha ocurrido. Irak ha resultado ser incontrolable. ¿Y el costo para El Salvador? Cinco soldados se han muerto.
¿Por qué lo hace El Salvador? ¿Qué gana? “Tenemos una alianza histórica con Estados Unidos”, explicó. “Ellos contribuyeron mucho con El Salvador en momentos difíciles”.
¿Es, quizás, un acuerdo tácito de soldados por visas? No, me aseguró el presidente. El programa del TPS no está condicionado a la presencia de tropas salvadoreñas en Irak.
Saca, un ex comentarista deportivo de 42 años de edad, sabe que las guerras, como el deporte, son trabajo de equipo. “Hay que ver esto de la seguridad mundial y el terrorismo de una manera global”, dijo.
Hace unos meses fue a Irak a apoyar a sus tropas. ¿Se la jugó?
“Fuimos a un lugar que, evidentemente es peligroso”, contó. “No es Disneylandia. Es Irak; un país que está en guerra”.
La otra guerra de Saca es contra las pandillas. Y ahí los resultados también son mixtos. Su política de “mano dura” ha logrado bajar el número de homicidios diarios de 13 (cuando tomó la presidencia) a ocho hoy en día. Las pandillas, declaró el presidente, no controlan a El Salvador. Son responsables de seis de cada nueve muertes, pero “son mucho menos que las que recibimos.”
“¿Es verdad que El Salvador tiene uno de los índices de homicidios más altos del mundo?” le pregunté. “No, no es cierto”, me respondió, “ésa es una de mis quejas”.
Saca se queja de la falsa imagen de que lo primero que encuentra un visitante tras llegar al aeropuerto internacional de San Salvador son las pandillas. A pesar de tener a 5,000 pandilleros en las cárceles, el problema está muy lejos de resolverse.
“Lo más importante de las pandillas es el tema de la prevención; evitar que más muchachos se metan en estas conductas delictivas”, dijo.
“¿Hay escuadrones de la muerte en El Salvador (matando a pandilleros)?” No, contestó. “Nosotros no tenemos ninguna información de que existen escuadrones de la muerte; lo que nosotros tenemos es luchas entre las pandillas.”
El problema central, sin embargo, está en la pobreza y en la falta de oportunidades. Si para un muchacho salvadoreño no hay una buena escuela en su barrio, y empleo al salir de ahí, las pandillas se convierten en una alternativa. Pero Saca insiste en que se han hecho grandes avances en ese sentido. “En los últimos 15 años hemos reducido la pobreza de un 65 por ciento a un 30 por ciento”, me dijo en esta entrevista que salió originalmente en televisión.
Pero luego algunos televidentes se comunicaron conmigo para decir que Saca estaba presentando a El Salvador como “un país de ricos” y que la realidad era muy distinta. Saca atribuye este avance contra la pobreza, entre otras cosas, a la creación de empleos y al CAFTA, el tratado de libre comercio que firmó con Estados Unidos. El 70 por ciento de las exportaciones de El Salvador vienen a Estados Unidos.
Al final de cuentas, a Saca le quedan menos de dos años de gobierno y se irá con dos guerras andando. Una en Irak y otra en las calles de su país. Son dos guerras heredadas y, por lo pronto, imposibles de ganar. Pero son dos guerras que han definido su presidencia.
No me queda la menor duda que, si dependiera de él, ya les hubiera puesto un punto final. Pero no puede. Las dos guerras de Tony Saca son la prueba más clara que los presidentes son menos poderosos de lo que la gente se imagina y mucho menos poderosos de lo que ellos mismos quisieran.