Cómo han cambiado las cosas. Hasta hace relativamente poco, hablar del clima era sinónimo de perder el tiempo y de aburrimiento. Eso se acabó. Hoy hablar del tiempo es una cuestión de vida o muerte, es hablar de nuestro futuro y el de nuestros hijos y el de sus hijos.
Al Gore, el ex vicepresidente de Estados Unidos, que tenía fama de aburrido y acartonado, despertó al mundo cuando empezó a hablar del tiempo, escribió un libro y filmó su documental sobre cómo estamos destruyendo el planeta. Así ganó el Premio Nobel de la Paz, un Oscar, un Emmy y, si se deja, lo lanzan con precandidato presidencial del Partido Demócrata. Cuidado Hillary! (Checa www.draftgore.com) El clima es noticia. Hace unos días tuvieron que suspender al maratón de Chicago debido a las temperaturas récord (88 grados Farenheit) el día de la otoñal carrera.
Aquí donde vivo, en Miami, siempre hace calor. Pero apenas se siente que el otoño está por llegar. En los últimos años he tenido la extraña sensación de que las cuatro estaciones se han fundido en una sola, húmeda y sudada. Además, sus playas se erosionan con una alucinante rapidez.
Viajo frecuentemente a la Ciudad de México, y su clima no se parece en nada al que recuerdo durante los primeros 24 años de mi vida. Tiene unos raros extremos de calor y frío envueltos en una nata contaminante.
El Panel Intergubernamental de Cambio Climático (PICC) que compartió con Gore el Premio Nobel de la Paz ha concluido de manera inequívoca que “es muy probable” que el llamado “efecto invernadero” (causado por emisiones de gas) haya sido provocado por los seres humanos. No es un ciclo natural. Los polos se están derritiendo. ¿Te imaginas que de un año al otro desapareciera todo el territorio de México y Centroamérica? Eso es exactamente lo que ocurrió en el Polo Norte este verano. Desapareció un millón de millas cuadradas que antes era hielo, según informó el diario The New York Times. Se convirtió en agua.
Esta situación genera un círculo vicioso. El agua absorbe más energía solar que el hielo y así se evitará que vuelva a congelar en su totalidad durante el próximo invierno. Eso explica el aumento en los niveles de los océanos. Si yo lo noto en la playa de Key Biscayne en la Florida, cómo será para los habitantes de las islas Kiribati en el Pacífico. Una de sus islas, Bikeman, ya está bajo el agua y cientos más podrían hundirse en los próximos 25 años.
Hablar del clima es fundamental. Pero hacer algo al respecto es aún más importante. Se acaban de cumplir 10 años del llamado Protocolo de Kyoto, a través del cual 172 naciones (con la notable excepción de Estados Unidos) se han comprometido a reducir sus emisiones de gas y, así, revertir el calentamiento global.
Es, sin duda, un esfuerzo loable. Lo triste es que pocos países han cumplido. Japón, por ejemplo, el país anfitrión de la reunión inaugural, emite hoy más gases y desperdicios que hace una década, según un reportaje de la cadena radial NPR.
Los expertos del PICC calculan que en los próximos 100 años la temperatura de la superficie del planeta aumentará de 1 a 6 grados centígrados (o de 2 a 12 grados Farenheit); suficiente para modificar radicalmente la forma en que vivimos.
La pregunta es si estamos a tiempo para rectificar y para revertir el calentamiento de la Tierra. Imposible responder con certeza. Pero si puedo decir una cosa: lo que se está haciendo hasta el momento no es suficiente y pocos países se lo toman en serio. Sin embargo, veo dos señales de optimismo. Una es que, el otro día, mi hijo de 9 años me decía con absoluta autoridad que las botellas de plástico “le hacen daño a la Tierra”. Mis amigos ni yo nunca tuvimos esa conciencia medioambiental cuando éramos niños. Las nuevas generaciones sí la tienen. Eso es nuevo. La otra señal es que hablar del clima se ha vuelto de moda. Ya no es algo que sólo hacen los británicos. Ahí está Al Gore y su Nobel para probarlo. Y esta nueva tendencia es, quizás, nuestra última oportunidad de componer las condiciones climáticas del planeta.