Celebramos en octubre el mes contra la violencia doméstica y quiero reflexionar sobre lo que son las relaciones de pareja y lo que significa ser mujer inmigrante en los Estados Unidos.
En este país, hay quienes además de sufrir violencia no tienen más opción que permanecer invisibles, porque la ley no les protege. Son las mujeres inmigrantes indocumentadas. La triple condición de “mujeres”, “inmigrantes” e “indocumentadas” hace más difícil el camino para escapar de la violencia de género en la familia.
Su condición de “ilegales” las hace objeto de una vulnerabilidad muy grande: viven situaciones de fuerte dependencia económica del agresor. Esto sitúa a las mujeres en un escenario de desprotección.
La realidad es que la familia, la pareja, el amor factores de orgullo y fortaleza para nuestra comunidad se resquebrajan con los fuertes vientos producidos por la discriminación racial, el maltrato, las limitadas oportunidades laborales, el estrés, la depresión y la desigualdad.
Y es que en el país más rico del mundo, nuestra comunidad vive en una sociedad marcada por el irrespeto a la persona, por una intolerancia a la diversidad, por la sombra persistente de la violencia intrafamiliar, el abandono y el abuso sexual en niñas y niños, el embarazo en la adolescencia, el incremento alarmante del VIH/sida, la explotación sexual y la prostitución en las fronteras.
Quizá somos visibles para esta sociedad desde los indicadores económicos y no desde nuestro bienestar personal y familiar.
A esta realidad se le une un factor que enmarca a muchas mujeres víctimas de la violencia en sus hogares: el miedo, al no tener documentos. Porque esos hombres que comparten la misma realidad “legal”; utilizan esto como arma de chantaje y manipulación.
La violencia contra la mujer es un problema que nos afecta a todas y todos. Nuestro deber es no guardar silencio, no ser cómplices.
Buscar la solución no es tarea fácil, porque si es cierto que es necesario el compromiso de un país y sus políticas, no menos cierto es que el compromiso debería comenzar por cada uno de nosotros.
Que el “sueño americano” se convierta en un “sueño de vida” donde no le toque a ninguna mujer falsificar su futuro, su sexualidad y su sentir, como a muchas les ha tocado falsear su identidad en este país.
Campos es psicóloga clínica, experta en salud sexual y problemas de género.
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