Opinion
Socialismo a la ecuatoriana Entrevista con Correa
Por Jorge Ramos
El presidente entró dando besos. La comitiva formada por una veintena de asistentes, guardaespaldas, cónsules y “fans” corría detrás del presidente de Ecuador, Rafael Correa. Con paso firme y rápido, entró al estudio como abriendo plaza, como si en sólo ocho meses en la presidencia ya hubiera aprendido todos los trucos del poder. Venía seguro y sonriente.
Los problemas surgieron cuando se sentó para la entrevista. El quería resaltar sus logros desde que asumió la presidencia el 15 de enero de este año. Pero a mí me interesaba preguntarle sobre las controversias que han definido su presidencia. Es decir, era el típico encuentro entre un político y un periodista. “¿Usted se declara socialista?” le pregunté. “Sí, señor”, respondió.
Luego me explicaría que en su “socialismo”, él mantendría la propiedad privada porque “en el siglo 21 nadie puede sostener la estatización de los medios de producción”.
Su idea de socialismo no se parece a la de Cuba y Venezuela ni a la de Brasil o Chile. “Nuestro socialismo”, me dijo Correa, “es más cercano a la realidad del pueblo ecuatoriano”.
Luego presioné. “Señor presidente, para usted ¿Fidel Castro es un dictador?”
“Yo no quiero llamar dictador a Fidel Castro”, me respondió. “Y no lo quiero poner en la misma balanza que Pinochet”.
“Son dos dictadores”, le comenté. “Uno de derecha y otro de izquierda”. Mi argumento no lo convenció.
“Cuba tiene su forma de democracia”, me dijo Correa. Y brinqué.
“Usted sabe que en Cuba hay una sola persona en el poder desde 1959”, le dije. “Democracia”, me dijo el ex profesor de 44 años que tiene un doctorado de la Universidad de Illinois, “no es necesariamente tener elecciones cada cuatro años. Es un ‘gobierno del pueblo y para el pueblo’. Cuidado. Sáquese de la cabeza que el único esquema de democracia es “formal, liberal y occidental”.
“¿Le gusta el modelo cubano?” interrogué. “No, señor”, dijo, “y yo evitaría muchas cosas del gobierno cubano. Pero no soy el que le tiene que decir a Cuba qué hacer”.
“¿A usted le gustaría que su país se pareciera a Venezuela?” pregunté.
“No señor”, respondió. “Nosotros buscamos nuestra propia vía, no buscamos injerencia de ninguna clase”.
Le recordé a Correa que Hugo Chávez había prometido entregar el poder en Venezuela luego de cinco años en la presidencia y, luego, rompió esa promesa. Ese fue el preámbulo para preguntarle:
“¿Usted se compromete a entregar el poder en Ecuador en el 2011?”
“Yo estaré donde el pueblo ecuatoriano diga”, me contestó. “Pero le tengo que ser sincero... no entiendo por qué en Ecuador no hay reelección presidencial inmediata”.
Esto podría cambiar pronto ya que los partidarios de Correa parecen tener la mayoría en la recién electa asamblea constituyente.
Los enfrentamientos de Correa con la prensa de su país están por todos lados en la Internet. Una vez llamó “gordita horrorosa” a una reportera cuencana. Otra, citó al ex primer ministro británico, Tony Blair, quien alguna vez calificó a los periodistas como “bestias salvajes”.
Pero el incidente más visto fue cuando el presidente corrió al editor de opinión del periódico El Universal, Emilio Palacio, de una cadena radial.
“Sáquen a ese señor”, ordenó Correa. “¿Cómo corre a un periodista?” le pregunté a Correa.
“Yo (no) voy a aguantar que me insulte este señor”, respondió molesto. “Se metió hasta con mi familia ... un majadero completo. No, no puede ser”.Correa, claramente, quería hablar de otra cosa. De los bonos de vivienda que se han dado por primera vez en la historia. De los libros gratuitos para la educación básica. De la contratación de 3.000 médicos para resolver una emergencia de salud. Del rescate de la agricultura. Del fomento al crédito. De nuevas calles y carreteras.
“Hablemos de todas estas cosas”, me pidió. Fue casi una súplica. “Pero pareciera que lo único que hemos hecho es tener tropiezos con la prensa”. La indirecta fue muy directa.
Se despidió cortésmente pero fue seco. Se quitó el micrófono, me lo puso en la mano derecha y se fue sin voltear. Salió como entró: repartiendo besos y seguido por su séquito. Y me quedé con esa incómoda sensación de haber sido, para él, otro “tropiezo con la prensa”.