Siguiendo las huellas de los coyotes
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| ALERTA. Un cartel en Sonora advierte sobre los riesgos del desierto fronterizo. Pero nada detiene a los polleros. |
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En la frontera
Zona de alto riesgo, alejada geográficamente del poder central pero más que nunca parte de la agenda política, la frontera es tierra de inmigrantes, traficantes de personas y drogas, agentes y el desierto... que nunca perdona. Aquí, algunas cifras.
• Droga.
1,7 millones son las libras de marihuana incautadas por la Patrulla Fronteriza en los que va del año.
u detenciones.
809 mil personas que estaban cruzando la frontera ya han sido detenidas por la Patrulla Fronteriza.
• Efectivos.
14 mil son los agentes migratorios que pratullan a lo largo de toda la frontera con México.
• Asaltos.
135 Fueron los agentes migratorios asaltados durante el mes de agosto.
• Costos.
$2 mil a $10 mil cuesta un cruce de frontera en manos de un pollero.
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En el pueblo de Sonora, un grupo de polleros asegura que, para ellos, el desierto no tiene secretos
Por Daniel Gilbert
Especial para el Tiempo Latino
Sonora, México ¿Cómo distinguir, en este pueblo fronterizo atestado con migrantes, entre “pollos” y “polleros”?
Hay que salir de noche. Dar una vuelta por la plaza, pasando por el edificio municipal. Atención a las sombras, al olorcillo a marihuana, a un ligero movimiento.
En la noche tranquila, se destaca un trío de hombres jóvenes, apoyados contra la pared del edificio, fumando y tomando cerveza. Su oficio es obvio, pero lo contarán de todas formas.
Por orgullo. Porque les gusta hablar. O porque, según explica el más hablador del grupo, “voy a decir cosas que yo jamás diría al otro lado, porque aquí es nada más tu palabra contra la mía. Y aquí, la policía no hace nada”.
Y es que Miguel, un delgado mexicano de 24 años, se gana la vida engañando a la migración estadounidense y mexicanapasando migrantes a los Estados Unidos.
Cuando tropezamos esa noche, él venía llegando de El Salvador, en donde había pasado dos semanas alistando a cuatro salvadoreños para pasar migración mexicana. Su Ford Fiesta, con placas de su estado nativo de Hidalgo, quedó estacionado enfrente de una casa de huéspedes cercana donde se alojaba.
En unos días, Miguel guiaría a sus “pollos” por el desierto hacia el norte. Si llegaban bien, el cobraría a cada uno $7.000; $28.000 en total, el trabajo de un mes.
Como muchos en su carrera, los contrabandistas empezaron como migrantes.
“Ya en México no hay chamba de campesino”, explicó Enrique, otro coyote en las sombras del edificio municipal. “Pero allá de campesino no se gana una chingadera. Si uno no tiene estudios en México no es nadie. Tienes que dedicarte a algo”.
Un burrero de los que cargan mochilas llenas de marihuana al norte dice haber cruzado la frontera con éxito 17 veces.
“Mr. Equis”, como se identifica, camina cuatro días para llegar a Tucson, Arizona, llevando 20 kilos de la droga sobre la espalda.
“Yo cuando vine de México, no tenía ni dinero para pagar a mi coyote ni nada”, relató Miguel. “El me fió para que llegara allá. Un viernes en la noche, (el coyote) llegó y me dijo: ‘vengo bien cansado. Voy a California. Ayúdame a manejar’”.
Aquella vez no hubo problemas, recordó. Al patrón le gustó como se manejó, y le ofreció trabajo.
Miguel está casado con una ciudadana estadounidense y tiene dos hijos, de cuatro y cinco años, que viven en Phoenix. Tiene una casa grande y un Ford Navigator último modelo. No tiene estatus legal en EE.UU., pero está postulando para su residencia.
Mientras tanto, emplea las mañas que ha aprendido durante tres años de trabajar en el desierto; la única educación que tiene después de la preparatoria.
“Ellos (agentes migratorios) no pueden manejar sin luz”, contó el coyote. “Todo el tiempo los estamos viendo de lejos. Ya sabes donde están. Cuando pasa una patrulla y te vé, el policía siempre cree que tu vas a correr al otro lado. Pero están equivocados”, enfatizó.
“Te doy un ejemplo. Una vez me siguieron a mí. Yo corrí hasta el arroyo. Caminé de reversa. Los estaba viendo. Llegaron al arroyo y pensaron que había entrado en el agua. Lo que ellos no sabían es que yo me regresé para atrás”.
Miguel y sus compañeros se jactan de su conocimiento del desierto. Y para demostrarlo, lanza casi sin respirar:
“En el desierto te lo aprendes. Tú debes de grabarte todo”.
“Siempre las rutas varían”.
“Nunca vas a pasar por el mismo lugar”.
“Tú sabes adónde vas a llegar, pero no, el camino nunca va a ser el mismo”.
Aseguran que se guían por la forma de los cerros, por las luces, y por las antenas.
Nadie admite haber abandonado a un migrante bajo su cargo. A todos les gusta el trabajo.
“A mí me ha gustado mucho”, afirmó Miguel. “Te voy a decir por qué. Una persona normal gana trabajando en la construcción trescientos dólares en una semana. Yo puedo ganar hasta cincuenta mil pesos ($4.582) en una semana. ¿A quién conoces en Estados Unidos que gana eso en una semana? A nadie”, dijo.
“Cuando yo estaba en México, no pude ofrecerles (a la familia) mucho. Y ahora, puedo ofrecerles algo que no te puedes imaginar”.
Sin embargo, Miguel está pensando jubilarse.
“No sé, a lo mejor. . . yo llevo tres años en esto y estoy listo para decir adiós. Con lo que yo tengo, con lo que yo he hecho, puedo vivir tranquilo”.
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