INCERTIDUMBRE. Las fiestas serán el termómetro que mostrará cuánto se lesionó el consumo hispano.
Impacto y respuestas Recién comienza a valorarse el golpe que la políticas migratorias le pueden haber asestado a la economía.
Esta es una época del año clave, que dará mucha información sobre los vínculos entre la comunidad hispana, el consumo y el debate migratorio que se instaló en el país.
A nivel local, fuentes empresariales pintan un cuadro de crisis respecto a la respuesta del consumidor latino ante la hostilidad de algunos jurisdicciones.
Ante una debacle inminente algunos empresarios reportan bajas de hasta el 80 por ciento en la actividad económica ya se están “inventando” estrategias para no perder clientes.
Un supermercado ofrece transporte gratis para consumidores que compren por más de $40 y un bar tiene traslado gratis a sus domicilios para aquellos clientes que quieran beber unas copas de más.
El gran crecimiento del mercado hispano se estanca por normas antiindocumentados
El Tiempo Latino
Redacción
A comienzos de 2006, una declaración de la Asociación de Agencias de Publicidad Hispanas reveló claramente la tendencia del consumo: “Las compañías que están invirtiendo en mercadeo orientado a esta comunidad están avanzando en el acceso a ese mercado y obteniendo ganancias y mayor valor accionario’’.
En una carrera ascendente sin precedentes en otro grupo minoritario, los latinos demostraron que ganaban y que, además, consumían. El poder de compra de los hispanos creció de $212 mil millones en 1990 a más de $800 mil millones en 2006, y con un pronóstico de gasto de $1.100 millones para 2010, según cifras del Gobierno.
Con más de 40 millones de potenciales compradores, las familias hispanas superaron en el gasto a familias de otros orígenes en varias industrias: alimentos, ropa, productos de belleza, artículos para bebés y niños, cámaras digitales, telefonía de larga distancia y teléfonos celulares prepagados.
Pero... ¿se mantendrá ese ritmo de crecimiento? Hoy, expertos ven el panorama con un tono gris. Y la razón no está en la falta de dinero, sino en aristas políticas y sociales. La tensión en el debate migratorio y normas de gobiernos locales antiindocumentados han hecho que la comunidad se repliegue y, en palabras sencillas, le dé miedo salir a gastar.
Según un análisis de la Cámara de Comercio Latina de Estados Unidos (USHCC, por sus siglas en inglés), la nostalgia por sus países de origen es uno de los aspectos que influyen a la hora de consumir, ya que prefieren hacerlo en aquellos locales en los que resuenen “las imágenes, los sonidos, los olores y las sensibilidades de sus lugares de procedencia”.
Y son justamente estos comercios, generalmente pequeños, los que comienzan a mostrar la señal roja de alerta.
Uno de los ejemplos más recientes se evidencia en el condado de Prince William, en Virginia, en donde se aprobaron normas que limitan los servicios a inmigrantes sin papeles y habilitan a la policía a ejercer como agentes de inmigración. Resultado: las ventas en comercios hispanos se han resentido hasta en más de un 30 por ciento.
Ese es el nivel de pérdidas en sus restaurantes que achaca a la tensión migratoria, el presidente de la cadena Pollo Campero, José R. Barahona. Por su parte, José Marinay, presidente y propietario de Smart Choice Settlements, con oficinas en el Norte de Virginia, está considerando cerrar la oficina de Manassas donde se ha perdido hasta el 80 por ciento de la actividad económica, desde que Prince William aprobó las duras medidas migratorias.
“Tal vez seamos una comunidad fragmentada, que come y celebra de manera diferente; pero ahora nos miran a todos por igual: si no nos unimos perdemos todos”, dijo Marinay quien forma parte de una coalición de empresarios cuyo objetivo es cabildear en los gobiernos locales para cambiar el ambiente de hostilidad que, dicen, afecta a los negocios y al consumo.
En Maryland, un grupo de empresarios de Montgomery y Prince George’s se han unido al grupo de Virginia. El propietario del restaurante La Frontera, en Gaithersburg, dijo durante una reunión de empresarios latinos, en octubre, que el temor de los inmigrantes afectó directamente su negocio y el de muchos colegas.
La casi automática recesión que causan estas medidas hicieron que Riverside, una ciudad de New Jersey, dejara sin efecto leyes antiindocumentados de 2006.
Hace dos meses, el Concejo anuló las leyes que prohibían la contratación de indocumentados, y a los propietarios alquilar viviendas a los “sin papeles”.
La ordenanza había sido aprobada por la mayoría de los integrantes del Concejo en julio del año pasado, tras una decisión similar adoptada por la municipalidad de Hazleton, en Pensilvania.
Aunque en Riverside se interpusieron demandas en las cortes para anular las medidas, ninguna de ellas prosperó tanto como para decidir a los concejales a abolirlas como la realidad misma: desde que esas normas entraron en vigencia, los negocios comenzaron a resentirse. Bajaron las ventas. Disminuyó el consumo. Y, un año después, la economía del pueblo, literalmente, colapsó.
Todavía no se sabe si otros condados que votaron medidas similares incluyendo, por supuesto, Prince William revisarán en un futuro cercano sus propias leyes.
El Barómetro Comercial Hispano, un estudio realizado por RDA Global, reportó que en 2008 habrá más de 472 mil empresas propiedad de hispanos en el país, con al menos un empleado además del dueño que generarán $547 mil millones en ingresos.
A estas empresas reconocibles, y a muchas otras partes, van los hispanos, cash en mano, a comprar. Y estas fiestas de Navidad y Año Nuevo serán el verdadero termómetro que muestre cuánto se lesionó el poder de consumo, por obra de la irracionalidad y el miedo.
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