RECUERDO. El cabo de la Marina, Louie Barnett (der.) hace una impresión del nombre de Michael Rutherford, muerto en Vietnam en 1969, durante una visita al Monumento de Vietnam.
El monumento a la guerra de Vietnan cumple 25 años y es uno de los más visitados en Washington
El Tiempo Latino/EFE
Washington.- El monumento a los caídos en Vietnam, que cumplió 25 años, recuerda, con su granito negro como una lápida, una guerra que fue punto de inflexión tanto en la conciencia colectiva como en la política exterior del país, que entendió que no es invencible.
El memorial, obra de la arquitecta de origen chino Maya Lin, que ganó el concurso, consta de placas de granito oscuro dispuestas en forma de una gran “V”, como un galón militar, donde están grabados los nombres de los 58.256 soldados que perecieron o desaparecieron en las selvas del país asiático.
En la primera losa, a la altura del tobillo, están John H. Anderson Jr. y otros cuatro nombres, pero la acera baja y el granito crece, con más Johns, Charles y Peters que conforman listas de muertos grabadas en la paredes de tres metros de altura.
Así fue también esa guerra extraña, que empezó con algunos caídos en 1959, nunca fue declarada oficialmente por el Congreso, se intensificó con cada refuerzo enviado y se alargó durante interminables negociaciones de paz hasta la retirada de Saigón en 1975.
Para algunos veteranos de esta guerra, como Tom Welch, de 65 años, el muro se ha convertido en un lugar de peregrinación con su familia.
“Estas 58.000 personas aquí... son mucha gente para una guerra que nunca debía haber ocurrido, pero que ocurrió, y por ello debemos honrar a los que dieron su vida, porque si no lo hubieran hecho...”, dijo Welch, pero no pudo continuar, porque el llanto le subió por la garganta como una fuente.
A su lado, otros visitantes, muchos con boinas y chaquetas militares, pasaban los dedos por los nombres gravados en la negrura, como si las yemas pudieran tocar los rostros desvaídos en la niebla de la memoria.
Welch, como otros muchos, colocó un papel en blanco sobre la losa y pintó con un lápiz, de forma que de entre el grafito emergió, como si resucitara, un nombre: John T. Pettit Sr., uno de los cuarenta soldados de su unidad que perecieron en la guerra.
Cuatro millones de visitantes recorren cada año la pared entre el primer y el último muerto, lo que hace de este monumento uno de los más concurridos de Washington.
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