Opinion
La humana celebración de la muerte Región
Por Dina Fernández
En los primeros días de noviembre hay fiesta en los cementerios de México y Centroamérica. En las afueras de los parques fúnebres y a veces en sus mismas alamedas, abundan las ventas de flores, golosinas, santos de pasta y velas de colores.
Ahí, entre calaveras de azúcar, cometas gigantes que simbolizan a los antepasados y platos rebosantes con los manjares de la época, los vivos invocan con nostalgia la memoria de los muertos, piden su intercesión en el más allá y reafirman el tiempo que les queda por disfrutar en este mundo. Entre los visitantes que abarrotan los cementerios para el Día de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, muchos vienen de lejos. Luz María Roybal es una de ellas. Cada dos o tres años, hace maletas en su casa de Riverside, California, donde ha vivido por más de cuatro décadas, y vuela de regreso a Guatemala.
“Aquí está enterrada mi familia”, explica Roybal con una sonrisa. “Eso mueve el corazón”.
Con la única prima que le queda en el país, lo primero que hace Roybal es dirigirse al Cementerio General --el más antiguo de la ciudad, ubicado a pocas cuadras del Centro Histórico-- donde las dos mujeres se dedican a arreglar el panteón donde yacen cuatro generaciones de parientes: desde el bisabuelo Domingo, que murió en 1908, hasta el primo Gerardo, que falleció en 1997, pasando por las madres de ambas, Graciela y Olimpia, que también descansan ahí desde los años noventa.
Armadas con cuatro coronas enormes de flores tropicales maracas rosadas, jengibres de color rojo, aves del paraíso naranjas el par de primas comentan con orgullo que este año fueron de las primeras en arreglar la tumba.
“Yo sé que el Señor ya recibió el alma de cada uno de ellos”, asegura Roybal, “ pero me gusta imaginar que en estos días, Dios les da un permiso especial para regresar al cementerio y esperar nuestra visita. Les traemos flores para que vean que no los hemos olvidado, que aunque ya no estén, los seguimos amando”.
Ese cariño hacia los muertos hace de los cementerios un espectáculo. En los pueblos indígenas del altiplano maya, las tumbas se cubren con hojas de pino y margaritas silvestres de color amarillo. A las seis de la tarde, cuando la luz del sol se apaga, los deudos alumbran la noche con miles de veladoras.
Hay quienes pasan el 1 o el 2 de noviembre cantando y comiendo junto a sus muertos. Roybal prefirió adelantarse a la muchedumbre y hacer la visita a principios de la semana. Una vez colocadas las flores sobre el panteón de cemento, las dos mujeres se sentaron a platicar con los fallecidos, contándoles las últimas noticias de la zaga familiar y recomendándoles que velaran por los suyos ante las autoridades celestiales.
Al caer la tarde, las primas dijeron sus oraciones y se retiraron del brazo, no sin antes comprar a la salida una bolsa con jocotes de corona, una fruta característica de los postres de la época. “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”, sonrió Roybal al despedirse, saboreando esta pequeña delicia de cáscara roja y carne amarilla, que no se da en California.
Dina Fernández es columnista
de ‘El Periódico’ en Guatemala
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