Opinion
La ciudad vulnerable San Diego
Por Rubén Navarrete
Bienvenidos a Katrina en la Costa. Los desastres naturales tienen su propio estilo de ironía. Mientras el problema durante Katrina fue el exceso de agua, ahora sabemos lo que sucede cuando ésta escasea. San Diego es una de las ciudades más deseables y más agradables para vivir del país aun cuando sea una de las más caras. Con la bendición de un clima perfecto y gente amistosa, ofrece una calidad de vida que nos atrajo a mi esposa y a mí, hace casi tres años. Ahora no podemos imaginar vivir en otro lugar.
Hay sólo un pequeño detalle que la Cámara de Comercio parece haber omitido en el folleto: resulta que la Mejor Ciudad de Estados Unidos es también la más vulnerable al fuego.
Hagan caso a lo que dice este refugiado. Muchos de nosotros en esta ciudad, que reportamos y comentamos las noticias, nos hemos encontrando formando parte de la historia, uniéndonos a casi el millón de personas que se apresuraron a apartar a sus familias del camino de una de las tormentas de fuego más terroríficas de la historia norteamericana. El proceso de la evacuación se produce en fases. Primero, hay una llamada automática, la contraparte del 911, proveniente del Departamento de Policía que le informa a uno que quizás deba evacuar en algún momento (“pensamos que era mejor que usted lo supiera”). Después, unas horas más tarde, otra llamada recomendando que se abandone la casa (“sólo sugiriendo”). Finalmente, llega la orden obligatoria (“¡Deben irse!”) y un oficial de policía que llama a la puerta, explicando que uno tiene 10 minutos para empacar toda su vida, o lo que entre de ella en su carro y que se apreste.
Pero hay algo que sigue siendo difícil de comprender: el hecho de que el Condado de San Diego es ahora testigo de lo que se considera como la mayor evacuación de civiles estadounidenses desde la Guerra Civil.
Mi esposa y yo, junto con nuestros dos hijos pequeños, salimos de nuestra casa el lunes por la mañana. Recibimos la primera llamada alrededor de las 7 de la mañana, y para el momento en que llegó la segunda, por la tarde, ya nos habíamos ido.
En situaciones similares, alguna gente opta por quedarse y arriesgarse. Pero hay algo en el hecho de mirar por la puerta, y ver un cielo entre rojo y naranja cubierto de humo, y escuchar los informes de que las llamas están a 10 millas y después mirar los rostros de los niños que hace que la mente se concentre.
Como periodista, el instinto es tomar un cuaderno y dirigirse al incendio, incluso cuando los editores nunca nos dieran esa orden. Cuando el fuego se está acercando a la familia de uno, las cosas son distintas.
Los instintos de padre predominan. Uno aun toma el cuaderno y la computadora portátil pero también empaca fórmula de bebé, pañales y agua embotellada. Toma algunas fotos de la familia. Y se concentra en una cosa en sacar a su familia de allí cuanto antes.
Y una vez que uno llega a su lugar de refugio en nuestro caso, un hotel a 30 millas uno pasa todo el tiempo pensando cuándo se podrá regresar. Volvimos a casa el miércoles, después de que el fuego cambiara su curso, sin tocar nuestra casa ni nuestro barrio. Muchas de las 12.000 personas que se apiñaron en el Estadio Qualcomm de San Diego no tuvieron tanta suerte.
Lamentablemente, hubo quienes se aprovecharon de la generosidad de San Diego. Después de que la policía anunciara el miércoles, que pasarían por el estadio para chequear licencias de conducir y asegurarse de que todo el que estuviera allí hubiera realmente evacuado, varios cientos de personas se dirigieron a las salidas.
Como en todo desastre, los incendios de San Diego expusieron el mejor lado de algunas personas y el peor de otras. Afortunadamente, parece que hubo mucho más de lo primero que de lo segundo.
No me sorprende. Esta zona acaba de sufrir daños, pero San Diego es aun una magnífica ciudad.