Opinion
Elecciones y violencia sin fin Guatemala
Por Jorge Ramos
El general guatemalteco Otto Pérez Molina no llegó. Su silla quedó, simbólicamente, vacía. No cumplió su promesa de estar presente en un debate entre los dos candidatos que se disputan la presidencia de Guatemala en las elecciones de este domingo 4 de noviembre. “Es un problema de agenda”, me explicó uno de los asesores del general.
Quizás el general no quiso arriesgarse a cometer un error al aire. O sus asesores le aconsejaron no debatir. O tuvo algo más importante que hacer. Nunca lo sabremos.
Nunca tomo partido en las elecciones de ningún país y tampoco lo voy a hacer en el caso de Guatemala. Deciden sólo los guatemaltecos. Y una vez aclarado lo que ocurrió (o dejó de ocurrir) en Miami, veamos qué está pasando en Guatemala.
La alta comisionada de derechos humanos de Naciones Unidas dijo el año pasado que Guatemala era “uno de los países más violentos de la Tierra”. Datos: Unas 18 personas son asesinadas diariamente. En ese país de 12 millones de habitantes ocurren, en promedio, 297.000 hechos delictivos por año, según cifras del Ministerio Público. Menos del 3 por ciento se resuelven. Más datos: El año pasado fueron asesinadas cerca de 600 mujeres y sólo una persona ha sido detenida por esos crímenes. Los casos de linchamientos son cada vez más frecuentes, los narcotraficantes están usando el país como trampolín entre Sudamérica y Estados Unidos, y en la actual campaña por la presidencia al menos 50 personas han sido asesinadas.
Una de ellas fue Aura Salazar, asistente personal del general Pérez Molina. Tras su muerte, el general denunció que “el financiamiento del crimen organizado y del narcotráfico está detrás de la campaña” de UNE.
Colom me dijo que eso no es cierto. El cree, en cambio, que “miembros de mafias vinculadas a la inteligencia militar” están detrás de la cincuentena de muertes. Acusaciones, sin pruebas, han sido frecuentes en esta contienda. De parte de los dos lados.
El candidato Colom me dijo que él y su esposa habían recibido en sus celulares 72 textos con insultos y amenazas de muerte.
“¿Quién lo quiere matar?” le pregunté a Colom.
“A la ‘mano dura’ no le importa nada”, me respondió Colom, en referencia al lema de campaña de Pérez Molina. El Partido Patriota niega estar detrás de esas amenazas telefónicas y dice que Colom debe investigar en el interior de su partido.
Guatemala tiene que escoger entre “mano dura” o “inteligencia”. Esas palabras definen las estrategias de ambos candidatos contra la violencia.
El general propone “mano dura” contra los criminales, contra los narcos, contra los evasores fiscales y contra la impunidad. Su lema: “Seguridad y empleo. Urge mano dura”.
El ingeniero, en cambio, considera que hay que enfrentar la violencia con “inteligencia” y atacar sus orígenes. ¿Cómo? Invirtiendo en el combate contra la pobreza, en educación, en salud, en una policia civil fuerte y “alejando al ejército de las tareas que no les corresponden”.
Si la violencia fuera todo en Guatemala... pero no lo es. Más de la mitad del país es pobre y analfabeta. La población indígena sigue siendo excluida, tanto -- según me dijo el procurador de derechos humanos -- que muchos indígenas ni siquiera se enteran. Eso es discriminación en su máxima expresión.
Ante este panorama no es de extrañar que cada año miles de guatemaltecos huyan al norte, arriesgando maltratos y abusos a su paso por México. En Estados Unidos hay actualmente 1.3 millón de guatemaltecos; la gran mayoría está indocumentada.
Pero al menos ellos no son parte de los asesinatos diarios y pueden enviarle dinero a sus familias. Se calcula que este año los guatemaltecos en el exterior enviarán más de $4.000 millones a Guatemala.
Cualquiera de los dos candidatos que gane la presidencia en Guatemala tendrá ante sí una verdadera misión imposible.
En honor a la verdad, los dos candidatos Colom y Pérez Molina se han jugado la vida, la de sus familias y la de sus colaboradores en ésta, la más sangrienta campaña electoral desde el fin de la guerra civil hace 11 años. Y eso tiene su mérito.
Pero la gran tragedia de Guatemala es que el simple hecho de estar vivo es considerado, muchas veces, un triunfo.