Opinion
El llamado de la tierra está en el paladar Región
Por Dina Fernández
Los centroamericanos que viven en los Estados Unidos lo saben bien: el llamado de la tierra surge a medida que el paladar extraña los sabores y los aromas de la infancia.
El deseo de los guatemaltecos se vuelca en el recuerdo de los “frijolitos volteados”, esas maletas de masa negra, compacta y relumbrosa de aceite, que adentro esconden chispas de cebolla cristalizada y la piel blanca de un diente de ajo.
Una taza de café invoca la necesidad de las champurradas, esas galletas redondas de color dorado, que deben crujir al partirse, con una lluvia de migas. Los plátanos fritos, hirviendo y espolvoreados con azúcar, hacen falta a la hora de la cena; los tamales colorados, con su ojo de aceituna y su cinta de chile pimiento, conjuran suspiros los sábados y los días de fiesta.
Para los salvadoreños, la añoranza viene del sabor punzante del queso de Petacones, derretido en una tortilla bien caliente o de las pupusas humeantes, recién salidas del comal, cubiertas de curtido de repollo. Y cuando se instalan los calores del verano, se antoja un pichel helado de “fresco de ensalada”, lleno de confeti de mamey y jocote marañón, salpicado de hojas verdes.
Por su lado, los nicas mueren por una mesa servida con gallo pinto, con su mantel blanco y sus apastes de barro, esos platos rústicos adornados con hoja de plátano, rebosantes de la mezcla perfecta de arroz con frijoles, carnes en adobo, chicharrones, yuca con recado, queso fresco y tomate con cilantro.
Lo fabuloso de esos recuerdos que hacen salivar a los centroamericanos es que además de enriquecer la gastronomía de Estados Unidos, le han dado vida a una gran cantidad de empresas dedicadas al comercio de los llamados “productos étnicos” y de “la nostalgia”. Sólo los inmigrantes guatemaltecos y salvadoreños suman un mercado de 4 millones de personas en Estados Unidos. Su demanda creciente por los sabores de casa han hecho que la categoría de “la nostalgia” trepe a los primeros renglones de la exportación de productos no tradicionales.
En el primer año de vigencia del CAFTA, las exportaciones salvadoreñas pasaron de $240 millones a $404 millones y según el ministerio de economía, los principales impulsores de este aumento han sido los productos nostálgicos.
La empresa Coexport de Guatemala, propiedad de la familia Armas, es uno de los tantos negocios que han florecido gracias a los antojos de los inmigrantes. Pero los beneficios de este comercio no han ido a dar solamente a los bolsillos de las corporaciones sólidas y establecidas. Incluso los negociantes que van y vienen con “encomiendas” entre las provincias del istmo y las urbes norteamericanas participan de ese mercado. Aunque ya hay panaderías salvadoreñas o guatemaltecas en varias ciudades de los Estados Unidos, siempre hay quienes consideran que el pan dulce horneado en su pueblo sabe mucho mejor.