13 de julio de 2007

El Tour de Francia mantiene la tradición

COMPAÑEROS. El cilcista belga del equipo Quick Step Tom Boonen (izq.) y su compañero Gerd Steegmans (centro) durante el esprínt en la línea de meta de la segunda etapa del Tour de Francia disputada entre las localidades de Dunkerque, Francia, y Gand en Bélgica.
A pesar de atravesar un período negro por causa del dopaje, el ciclismo conserva su gran afición

Por Carlos de Torres
El Tiempo Latino-EFE

Gante.— El paso del Tour por el Reino Unido despertó un fervor popular que desbordó las previsiones más optimistas, con un seguimiento en la calle estimado en dos millones de personas, y además generó unos ingresos de 170 millones de euros con una inversión de 7,4, lo que demuestra que el ciclismo, a pesar de atravesar un período negro por culpa del dopaje, aún mantiene una afición incondicional, ajena a ese problema.

El dopaje está alejando a los patrocinadores y a las televisiones, y los efectos ya se han dejado sentir con la supresión de equipos, decenas de corredores en el paro y previsiones muy negras para el futuro. Pero el Tour es el Tour, y a pesar de la incertidumbre de la salida en Londres por la firma del compromiso antidopaje de los corredores, la carrera desbordó la pasión.

“En 34 años en el Tour no había visto nada semejante”, señaló Daniel Mangeas, el locutor de la prueba, un hombre que es una enciclopedia viviente y que ameniza con su particular voz las llegadas.

El Tour es un elemento que se asocia al tiempo libre, a las vacaciones y que crea unión familiar y vecinal, ya que todos se unen para ver la carrera, aunque sólo sea un par de minutos, si llega. La afición pasa de padres a hijos. Según Jean Luc Boeuf, autor del libro “La República del Tour”, el dopaje “no altera la aceptación popular del Tour”, lo novedoso de este fenómeno es la mediatización y la intervención de la justicia.

Tampoco ha mermado la repercusión del Tour el hecho del dominio de un campeón extranjero, como el caso del estadounidense Lance Armstrong, con sus 7 títulos consecutivos. Los franceses echan de menos un campeón local, ya que el último en conquistar los Campos Elíseos fue Bernard Hinault, en 1985, pero por encima de la nacionalidad está el privilegio de ver a los mejores corredores del mundo en sus carreteras, cerca de su casa si es posible.

Y si pasan lejos tampoco supone un problema insalvable. La afición está dispuesta a desplazarse a ver cualquier etapa, especialmente si ésta es de montaña, con sus caravanas y la familia completa. Además, hay una buena estructura de alojamientos.

El Tour marca la pauta en la salud del ciclismo, una carrera centenaria que cuida su imagen con mano de hierro, como corresponde a una cuestión que se considera en Francia casi de Estado.