Opinion
La vieja Europa, más vieja Internacional
Por Álvaro Vargas Llosa
Durante dos años, la opinión general sobre el fracaso de la Constitución propuesta a las ciudadanos europeos fue que éstos sienten a la UE como una construcción elitista. ¿Y cómo respondió la élite? Preservó el grueso de la laberíntica Constitución que se suponía debía enterrar, pero pasó a denominarla “tratado”, de modo que los gobiernos podrán eludir las consultas populares a la hora de ratificarlo.
El intento de contrabandear una Constitución europea es síntoma de un problema más profundo: la falta de visión respecto del papel que Europa debería desempeñar en un mundo cada vez más abierto. La batalla más importante de la reciente “cumbre” europea fue una torva disputa librada entre Polonia y Alemania sobre el cambio propuesto en las reglas de votación. Preservando las viejas reglas, Polonia podía seguir ordeñando la vaca de Bruselas en el presupuesto 2013-19. Al final, los polacos consiguieron lo que buscaban: las nuevas normas de votación no entrarán en vigor antes de 2014. Por lo tanto, la cita “cumbre” que debía definir el perfil europeo de las próximas décadas se convirtió en una riña de callejón para ver quién lograba saquear mejor el dinero del pueblo. Se suponía también que en este encuentro “histórico” la nueva generación de dirigentes europeos se desharía de los hábitos proteccionistas, convirtiendo al torpe paquidermo europeo en una ágil gacela capaz de aventajar a los Estados Unidos y Asia. ¡Pamplinas!
La “hazaña” del presidente francés Nicolas Sarkozy fue persuadir a sus colegas para que abandonen “la competencia libre y sin distorsiones” de la lista de objetivos del tratado. Por si alguien cree que esto significa que Sarzoky pretende eliminar los organismos reguladores que a menudo debilitan a las empresas exitosas acusándolas de ser monopolios encubiertos, el Presidente reiteró su apuesta por “la promoción de los campeones nacionales”, es decir por derramar dinero público sobre aquellas industrias que el gobierno quiere convertir en emblemas nacionales.
Los líderes de la UE también preservaron una carta de “derechos fundamentales” que es un listado de las políticas intervencionistas responsables de que la tasa de desocupación de Europa sea casi el doble de la estadounidense. El único con una posición sensata en este tema el Primer Ministro británico saliente Tony Blair tuvo que aferrarse a una cláusula de exclusión para garantizar que su país no se vea inundado por demandas legales contra sus leyes laborales a través del Tribunal de Justicia Europeo.
Uno se pregunta qué plagas debe sufrir Europa antes de que una generación de dirigentes despierte al desafío contemporáneo. Quizás el problema sea que muchas empresas europeas se han modernizado a pesar del contexto restrictivo, haciendo que resulte menos obvio que es urgente una reforma europea: 30 por ciento de las 2.000 empresas más exitosas del mundo son europeas, a pesar de que en áreas como la alta tecnología o la biotecnología la proporción es mucho más pequeña.
Otra razón puede ser ésta: a pesar de que la economía europea ha crecido poco en los últimos años, gracias al dinámico mercado interno existe todavía suficiente capital acumulado como para que se siga subvencionando a vastos sectores de la sociedad.
El resultado es una autocomplacencia que se traduce en el mediocre conformismo de la semana que pasó. La Vieja Europa no está rejuveneciendo en absoluto y, si las cosas siguen así, la nueva Europa envejecerá rápido.