Entre el Norte de Virginia y El Salvador (II)
La separación de una familia
René Antonio Flores es el que está más encariñado con la abuela.
Por Nurith C. Aizenman
The Washington Post
Por ahora, todavía depende de la autorización de la abuela. Sentada en la sala de estar, a Karen le brillaban los ojos mientras contaba su plan para conseguir un trabajo en una librería el próximo verano.
Su abuela se recostó en el sofá: “No sé. Es una buena idea, pero resulta peligroso para una muchacha viajar en bus... Además, la mentalidad de una joven cambia cuando abandona el hogar”.
Sobre la pared se veían las fotografías no sólo de la madre de sus nietos, sino de otros tres tío y tías de éstos que también viven en el norte de Virginia.
Al menos a los hijos de Maday, Carmen los puede cuidar celosamente. En cuanto llegan en tropel de la escuela, la abuela los mantiene en el interior de la casa, a puerta cerrada. Karen casi nunca pide salir afuera para jugar. Se sabe la respuesta. Tampoco se le permite invitar a nadie. A la abuela Carmen le preocupa que los niños del vecindario puedan ser una mala influencia. De esta manera, Karen sobrelleva su adolescencia en un bunker de 600 pies cuadrados donde gotea la ropa tendida.
Los muebles abarrotan el ambiente. Una mesa y un sofá se apretujan contra un refrigerador en lo que sirve de sala de estar. Las literas se amontonan en el cuarto donde la abuela y sus nietos duermen de dos en dos. Cuando hay tormenta, la lluvia martillea con ruido ensordecedor el fino techo ondulado. Cuando hace sol, el calor en el interior de la casa es tan denso que no se oye ni el zumbido de una mosca.
Con todo, Karen observa a su alrededor las mejoras producidas por el dinero de su mamá. Las paredes de concreto que en el pasado estaban desnudas, aparecen ahora pintadas de un alegre color aguamarina. El viejo suelo de concreto ha sido cubierto con lindas baldosas azules y blancas. Karen camina sobre ellas vestida con faldas sedosas y blusas de colores vivos la moda que se vende en los “malls” del norte de Virginia y que mami envía directamente a Apopa.
La manera que tiene de divertirse es también importada. Cuando no está escuchando un CD tras otro en el equipo de sonido que le envió su madre, está ayudando a sus hermanas a llenar una piscina inflable en el medio de la sala de estar.
Karen sabe que esos son lujos que están fuera del alcance de sus compañeros de clase. Ella es sólo una de las dos muchachas en su curso cuyas familias pueden pagar una fiesta de Quinceañera. Tres de sus mejores amigas ni siquiera pudieron aceptar la invitación para ser damas de honor. “Demasiado caro”, dijeron los padres cuando supieron el precio del vestido azul que sus hijas debían comprar.
Pero Karen asegura que cambiaría todos y cada uno de los regalos de su mami con tal de poder tenerla de vuelta en casa. Incluso hay momentos en los que Karen se pregunta cómo estos años de ausencia habrán cambiado a su madre. Como aquel día del año pasado cuando un hombre se acercó por la casa para entregarles un paquete procedente de Virginia. “Su mamá está bien. La vi el otro día con su novio”, recordó haber oido decir al hombre, mientras metía la caja.
“¡Qué!”, soltó Karen. “¿Mi mamá tiene novio? ¿Cómo es?
¿Cómo se conocieron?”
“En el restaurante”, consiguió responder el hombre antes de que la abuela de Karen callase la conversación.
“Deje de hacer preguntas tontas. Sólo está bromeando”, dijo la abuela.
Pero aquella noche, mientras descansaba en la cama, Karen tuvo sus dudas. ¿Y si su mami se había enamorado? ¿Y si decidiera dejarlos para siempre y empezar una nueva vida con ese hombre?.
“Eh, Evelin”, recuerda que le susurró a la litera de arriba. “¿Cree que es verdad?”
El adiós de un hijo
“¿Dónde se va? Lléveme con usted, mami”, exclamó René Antonio la mañana que su madre se marchó.
“No, sólo me voy a trabajar, mi amor. Usted sabe que no lo puedo llevar allí”, recuerda que le contestó. “Pórtese bien y lo veré esta noche”.
Pero hasta un niño de cuatro años se podía dar cuenta de que pasaba algo. ¿Por qué su mamá se había secado los ojos antes de volverse para hablar con él? ¿Por qué había abrazado tan fuertemente a cada una de sus hermanas?
Y así se sentó junto a la puerta y se quedó mirando como la tarde daba paso a la noche y el cielo se oscurecía. Finalmente, una mano lo metió en la casa.
“No volverá hasta muy tarde”, recuerda haberle dicho la abuela, con cariño. “Véngase a dormir”.
A la mañana siguiente, René Antonio se despertó como impulsado por un resorte. “¿Dónde está mi mami?”
“¡Oh, se la perdió!, le dijo Carmen. “Se tuvo que marchar muy temprano”.
Su abuela recuerda haber mantenido esta situación durante dos semanas, hasta que por fin se lo contó todo y le explicó que su mamá temía que fuera demasiado pequeño para comprender.
Pocos días después sonó el teléfono. René Antonio observó a sus hermanas mientras tomaban turnos para hablar llorando y dando gracias a Dios porque mamá había conseguido pasar la frontera a salvo. Entonces le pasaron el teléfono a René Antonio.
“¡Mami”, gritó el pequeño. “¡Usted me mintió¡”
Ahora, René Antonio aparece cuando suena el teléfono y levanta el segundo aparato para averiguar quién llama.
Si es su mamá, sonríe y susurra “hola”. Si es otra persona, cuelga sin decir una palabra y se deja hundir en el sofá a rayas que hay delante de la televisión en el dormitorio.
Se pasa horas acurrucado en aquel sofá, hasta que sus ojos almendrados se le humedecen mientras una sucesión de muñequitos animados parlotean en la pantalla.
“Es un hombre de pocas palabras”, bromeó uno de sus primos.
Aunque René Antonio bromea y se ríe con sus hermanas, en las conversaciones de la casa su voz nunca domina. En el mundo exterior, apenas se oye.
Sus hermanas con frecuencia llaman “Mamá” a Carmen. “Ella es nuestra segunda mamá”, explicó Karen. René Antonio siempre se refiere a ella como “mi abuela”. Sin embargo, de todos ellos él es el que está más encariñado con ella. Por la noche, se acurruca a su lado en la cama, como solía hacer con su mamá. Cuando salen a la calle, nunca pierde de vista a Carmen. “¿Dónde está mi abuela? ¿Dónde está mi abuela”, pregunta alarmado si no la ve.
Y cuando se acerca la hora de dormir, el pequeño que huye del contacto de casi todo el mundo se sube al regazo de su abuela y reposa la cabeza contra su pecho. “Mi pobre huerfanito”, le dice la abuela, meciéndolo con dulzura. “Sin mamá, sin papá. ¿Quién lo protegerá?”.
Hay mucho de lo que proteger a René Antonio. Si sus hermanas y las otras muchachas del vecindario están en riesgo de caer en la trampa de la maternidad demasiado temprana, los muchachos están amenazados por una nube oscura las maras. Los adultos que rodean a René Antonio mencionan estos nombres en voz baja. “Mara Salvatrucha” y “Mara 18”. Con 8 años René Antonio conoce estos nombres y los gestos de las manos que los identifican.
Cada pocas semanas el vecindario es testigo de las batallas por el control del territorio. El vecino de la casa de al lado sufrió los cortes de la metralla de una bomba que alguien arrojó contra un puesto de tortillas muy visitado en la calle en la que vive René Antonio. Un hombre que regresaba a casa del trabajo cayó muerto de un disparo sin razón aparente ante la escuela en la que estudia René Antonio.
Casi todas las noches, Carmen ora con sus nietos en una plegaria por su seguridad.
Eran las 7:30 de una tarde tranquila cuando se reunieron para orar. Las muchachas se cubrieron el cabello con velos de encaje y acercaron las sillas para formar un semicírculo ante el sofá donde René Antonio se había acomodado. Su hermana Johanna, de 10 años, se sentó junto a él y abrió un pequeño libro de salmos que guardaba la fotografía de su mamá pegada en la parte interior de la portada. Pasó las hojas hasta el salmo 134.
Cuando la abuela se lo indicó, la pequeña comenzó a leer en voz alta con monotonía.
“Comtemplad. Bendito sea el Señor. Oh, siervos de Jehová…”
De pronto, el silencio exterior estalló con un agudo “Pop-pop-pop-pop”.
“Balas”, susurró Carmen.
Se levantó para asegurarse de que la puerta de la casa estaba cerrada y luego regresó a su lugar. Los niños guardaban silencio.
Entonces escucharon un grito desgarrador. “¡Aaaaaaay! ¡Nooooo! ¡Mi hijo, mi hijo!”
En la calle, un joven de 20 años de edad yacía en el suelo en un charco de sangre que emanaba de su cabeza.
René Antonio se acurrucó entre los brazos de su abuela.
“Bueno”, dijo ésta, dirigiéndose a Johanna. “Continúe. Se hace tarde”.
La pequeña devolvió la atención al libro de salmos, su voz infantil ahora mezclándose con los gemidos de la calle.
“Levanten las manos hacia el altar y bendigan a Jehová…”
“¡Aaaaaay! ¡Noooo!”
“…Jehová bendiga a los que están lejos de Zión”.
René Antonio dejó el abrazo de su abuela y regresó al sofá.
Un futuro juntos, de alguna manera
El restaurante La Hacienda, donde trabaja Maday Flores, está situado en un “mall” del norte de Virginia. Hace unas semanas se celebró allí una Quinceañera. Ver a aquella joven radiante en su vestido rosa con volantes entristeció de tal manera a Flores que tuvo que dejar el trabajo antes de lo habitual. “Soy una llorona”, dijo unos días más tarde intentando esbozar una sonrisa y contener las lágrimas. “Soy como Evelin”.
Maday Flores se cuestiona casi a diario la decisión de dejar a sus hijos. Y siempre llega a la misma conclusión. “No tenía elección. Si me hubiera quedado no podría mantenerlos”, dijo. “y aunque no viven como reinas, por lo menos no tienen que abandonar la escuela para ir a trabajar como tuve que hacer yo… Me echan de menos. Pero así están mejor”.
De alguna manera ella también está mejor así. Trabaja seis días a la semana, levantándose de la cama al amanecer y regresando a ella, exhausta, a altas horas de la noche. Pero regresa, en su Toyota Corolla rojo, a un apartamento un bajo que cuenta con aire acondicionado y un patio con jardín. Su novio salvadoreño paga la renta y ha amueblado el lugar con sofás de cuero gris y un televisor Sony, plateado, de pantalla grande.
Maday no le cuenta a sus hijos estos detalles. Y tampoco comparte con ellos sus ansiedades sobre cómo se las arreglará para reunir a la familia.
“Si en cinco años no consigo traerlos a vivir conmigo, regresaré”, dijo. “Me habré perdido los mejores años de su vida. Pero por lo menos me quedarán unos cuantos para disfrutar”.
Sus hijos saben que mamá quiere sacarlos de Apopa, pero aparte de eso, no hay nada claro. Evelin cree que su mamá los llevará a Estados Unidos. “La vida allí es mucho mejor que aquí”, dijo.
Karen está convencida de que su mamá regresará a El Salvador. “Nos va a comprar una casa en el centro de la ciudad. Va a tener dos pisos con cuartos separados para cada uno de nosotros y un garaje”, explicó.
René Antonio no sabe qué pensar. “Yo le preguntaba antes, pero mi abuela me dijo que eso ponía triste a mami”, dijo con resignación. “Ahora ya no le pregunto”.
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