Entre el Norte de Virginia y El Salvador (I)
La separación de una madre de sus hijos
Por Nurith C. Aizenman
Carmen Flores arregla el vestido de su nieta Karen antes de la fiesta de Quinceañera.
The Washington Post
René Antonio observa mientras un sacerdote le pide al grupo de Karen que forme un círculo. “Y ahora tal vez a los padres les gustaría decir unas palabras”, dice el sacerdote.
Una cálida brisa acaricia el vestido de Karen. Ella se mantiene con la mirada fija. El sacerdote levanta la cabeza para observar a los congregados. “¿Desean los padres decir unas palabras?”
Una invitada se balanceó de un zapato de tacón alto al otro. Evelin escondió su rostro entre las manos. Por fin, una voz rompió el silencio. “Sólo la abuelita está.”
Uniéndose al éxodo
A esa hora, una mujer de 35 años de edad recogía los últimos platos del almuerzo en un restaurante del Norte de Virginia. La madre de la Quinceañera todavía no se encontraba en la mitad de su turno de trabajo de 14 horas que pagaba por la elaborada celebración que tradicionalmente marca la transición a mujer de una niña latinoamericana.
A través de la ventana del restaurante, aquel domingo de mediados de julio, Maday Flores podía ver la lisa carretera de cuatro carriles que une un “mall” con la I-95. Habían pasado cuatro años desde la última vez que vio las accidentadas carreteras de El Salvador. Cuatro años desde que dejó a Evelin, Karen, René Antonio y a sus dos hermanas para unirse al éxodo de latinoamericanos hacia el norte. Más de 315.000 de ellos están ahora en la región de Washington la mayoría son inmigrantes legales, muchos ilegales engrosando las filas del servicio doméstico, de los trabajadores de la construcción, de las cuidadoras de niños y de los cocineros. La madre de los Flores gana seis veces más de lo que ganaría en El Salvador. En menos de una década, el dinero que ella y otros latinoamericanos en Estados Unidos envían a sus países ha alcanzado los $30 mil millones anuales Mil millones se envían desde el Distrito, Maryland y Virginia.
Ellos son los continuadores de una tradición seguida por generaciones de inmigrantes estadounidenses: aquellos hombres y mujeres jóvenes que abandonaron Irlanda durante la hambruna de la papa para ayudar a los familiares que dejaban atrás, o los padres chinos que pasaron años instalando las vías del ferrocarril por el Oeste, durante el siglo XIX, con la esperanza de poder traer a sus esposas e hijos a través del Pacífico.
Pero hay una diferencia. Los estudios sugieren cada vez más que aquellos que se encuentran al otro lado de los envíos por medio de Western Union no son padres ancianos o hermanos y hermanas luchando por sobrevivir, sino niños pequeños. Y cada vez más, los que envían el dinero ya no son sólo padres, sino madres jóvenes.
Muchas de las que dejan a sus hijos para entrar en Estados Unidos ilegalmente saben que probablemente pasarán años antes de que puedan regresar aunque sólo sea de visita. Por eso en los cuatro años que pasaron desde la partida de Maday, la presencia cálida y alegre que sus hijos llamaron un día “Mami”, se ha convertido en otra cosa.
“Mami”, la suave, a veces extraña voz en el teléfono.
“Mami”, la que proporciona un nuevo piso de cerámica, un techo nuevo y un sinnúmero de animales de peluche y vestidos de moda.
“Mami”, el doloroso recuerdo.
Una fotografía para el recuerdo
“No se vaya, Mami. No se vaya”. Evelin recuerda haber suplicado por más de una hora aquella tarde del final de la primavera del año 2000. Se sentó en el sofá hundido mientras su madre ofrecía abrazos y explicaciones. El salario de Maday en la fábrica de medias daba a penas para poner frijoles y tortillas en la mesa. El padre de los niños nunca había vivido con ellos, casi nunca los visitaba y llevaba meses sin enviar dinero. Seguro que Evelin podía entenderlo. La mayor de las hijas de Flores movió la cabeza y lloró. A la noche siguiente, Evelin recuerda haber abierto la mochila púrpura, que sería el único equipaje de su madre durante el peligroso viaje a través de la frontera con Arizona, para introducir algo: la fotografía de la cara redondita de una niña de 12 años, con suaves bucles y una sonrisa con hoyuelos en los cachetes.
Cuatro años después, los cachetes de Evelin todavía crean hoyuelos cuando sonríe. Pero la mayor parte del tiempo está seria. Sus hermanas han aprendido a censurar lo que se escucha por la radio. La letra de una canción pop como “Te Amo, Mamá” es suficiente para hacerla llorar. Sólo hablar de su madre durante unos minutos le quiebra la voz.
Desde que su madre se marchó, el caminar arrastrando los pies de la pre-adolescencia ha dado paso a los seductores movimientos de la nueva Evelin. Esas caderas en acción incomodan a la abuela. Los 16 años es una edad de riesgo en su vecindario.
Evelin es dos años más joven de lo que era su madre cuando se quedó embarazada por primera vez. La abuela tiene un plan para salvar a Evelin del mismo destino: hasta que haya conseguido su primer trabajo bien pagado, no podrá salir con ningún muchacho.
Evelin no protesta. Sin embargo: “Amor... Amor para siempre”, dice, hacien garabatos sobre las hojas de su tarea de historia.
La escuela nunca le ha llamado la atención. Tuvo que repetir dos cursos y ahora está con estudiantes de 13 y 14 años en octavo grado, un año menos que su hermana Karen que es más joven. Los maestros de Evelin se lamentan de que una niña tan agradable y que se comporta tan bien no haga su tarea.
La abuela de Evelin, Carmen Flores, no puede ayudarla a estudiar. Una huérfana que se crió durmiendo en las calles de San Salvador, esta señora de 55 años sólo sabe dos letras: la C y la F con las que firma su nombre. La madre de Evelin, quien solía revisarle las tareas cada noche, ahora no puede más que preguntar con ansiedad “¿Cómo va la escuela?” dos veces por semana cuando telefonea desde Virginia. Hace unas semanas, Evelin dice que le dio las malas noticias: Había reprobado ciencias por Segunda vez.
“Me dolió mucho decírselo a mi mami”, comentó luego. Evelin sabe que la escuela privada cuesta $65 al mes por los cinco hermanos, lo cual es una Buena parte de los $450 que envía mamá mensualmente.
La escuela privada no ofrece mucho. Para estudiar hay que asistir a una aula de clase sofocante y abarrotada donde los maestros tienen que gritar para hacerse oir por encima del barullo de estudiantes que disfrutan del recreo en un patio cerrado.
Pero la escuela está cerca de la casa de Evelin. Para llegar a la escuela pública a la que solía ir, Evelin tenía que caminar por una colina plagada de basura y asaltantes. Las pandillas han infiltrado la escuela pública. Hace dos meses, un pistolero le disparó a la cabeza a un professor de gymnasia.
A pesar de sus problemas, Evelin la pasa bien en la escuela privada. Su risa contagiosa y su manera de guiñar los ojos al contar un chiste hacen que sea muy popular. Los maestros muestran gran energía y afecto, y en edad están más cerca a su madre que la dulce y cansada abuela.
Entre sus maestros se cuenta una señora de hablar suave y sonrisa perenne que enseña inglés; el entusiasta y ruidoso profesor de matemáticas; y el favorito de Evelin, el inteligente y larguirucho profesor de estudios sociales, Hector Alexander.
Aunque se muestra tímida en compañía de adultos a los que no conoce bien, Evelin florece en presencia de sus profesores. Bromea con ellos, les enseña fotografías de su mamá, rodea con su brazo la cintura de la profesora de inglés, y comparte con ellos cosas de las que no siempre habla con su abuela. Pero tres días antes del cumpleaños de Karen, fue sólo al señor Alexander al que Evelin le confió su más preciado secreto.
“Mi mama va a venir”, le dijo. “Va a ser una sorpresa”.
En la vida de una niña latinoamericana no hay nada más importante que su fiesta de Quinceañera. Evelin estaba convencida de que su mamá no se la perdería. En su mente de adolescente no contaban los detalles de las leyes de inmigración de Estados Unidos su mamá tiene TPS, pero no goza de la residencia permanente que le permitiría viajar con libertad o recibir a sus hijos de visita.
Hacia el final de la fiesta, el señor Alexander se acercó a Evelin. “Entonces”, le preguntó de buen humor. “¿Cuál de estas señoras es tu mamá?” Evelin inclinó la cabeza. “Oh”, musitó mientras los ojos se le inundaban de lágrimas. “Resulta que no pudo venir”.
La compostura con la que sobrellevaba su dolor resultaba más dura esta vez porque ya había sufrido la misma decepción durante su propia Quinceañera, el año pasado.
¿Cómo era posible que sufriera de esta manera por segunda vez?
“Nos sé”, susurró entre sollozos unos días después. “Me hago ilusiones”.
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