El debate de 90 minutos entre los presidenciables de las primarias republicanas y ante las cámaras de Univisión en Miami, el domingo 9 de diciembre, fue un discreto espectáculo de cálculo político: a lo de siempre contestaron como cabía esperar y ante lo crucial optaron por esconderse en la trinchera de la ley y el orden. Entre ellos, ni los buenos días. Y sobre sus supuestas diferencias: ni sí, ni no, sino todo lo contrario. Fue, en fin, un debate sin batir. Aburrido, espeso y hasta amable. Menos mal que las preguntas de Jorge Ramos y María Elena Salinas en el espíritu y en la letra, incluso en el tono emanaban de la tierra, de la realidad social latina de Estados Unidos. Una realidad que, para los candidatos republicanos, parece lejana, extranjera, de otro mundo. O algo salido del frío libro de las estadísticas.
Los números. El campamento republicano sabe que debe alcanzar un mínimo apoyo del electorado latino para estar a salvo en elecciones apretadas. Cuando rondan o supera el 40 por ciento de ese voto, los republicanos ganan sin problemas, como hizo Ronald Reagan y como lo demostró George W. Bush en 2004. Cuando rondan o bajan del 30 por ciento de apoyo hispano, los republicanos sufren (Bush 2000) o pierden. Hoy sólo un 23 por ciento de los votantes hispanos dicen apoyar la alternativa republicana frente a un 57 por ciento q ue se considera “demócrata” en intención de voto, según un estudio reciente del Pew Hispanic Center. Esto preocupa a los aspirantes que debatieron con traducción simultánea al español en la universidad de Miami.
La ley y la trampa. Los candidatos republicanos a ser el presidenciable en 2008 contestaron con la consabida letanía de la libertad y la democracia para hablar de los demonios favoritos de Washington: Fidel Castro, siempre; Hugo Chávez, ahora. Nada de visión estratégica hacia el hemisferio, ningún indicio sobre su conocimiento de la realidad geopolítica y socioeconómica de América Latina. Ni una prueba de que saben lo que es una pupusa, un tamal o una cumbia. Y en lo crucial: el miedo. Los aspirantes republicanos se negaron a admitir la realidad indocumentada como un hecho que se debe gestionar para el bien común estadounidense y se atrincheraron en aquello de que “hay que respetar la ley”. Es decir, dejemos las cosas como están: construyamos muros para detener al que quiere trabajar y presionar al (estadounidense) que quiere contratar. Apliquemos la ley (que no funciona) porque es la que está escrita. Las familias separadas y quienes se ven obligados a utilizar coyotes para poder vivir con sus hijos... las familias con estatus migratorios mixtos... todo eso nos es igual, parecen decir estos elegantes señores blancos. Y piensan que “hacer respetar la frontera y la ley” no tiene implicaciones humanas. Desconocen que el liderazgo es explicar la realidad, no atacarla. Ponerle el punto a la i. No saben de ortografía.
Alberto Avendaño
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