Tambores santeros suenan en el área
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Archivo ETL
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| TAN TAN. El tambor es el nombre que se le da a las ceremonias de santería, que son frecuentes en diciembre. |
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Desde África
La religión afrocubana tiene raíces milenarias:
La más poderosa comunión sincrética de las mitologías africanas con el catolicismo: la Santería o Regla de Ocha, tiene una presencia notable en el exilio cubano y hace sonar sus tambores en espacios infinitos.
En esa isla del Caribe que ellos aman hasta la desesperación dejaron gran parte de la memoria, el alma desgarrada, la familia, sus difuntos y todo cuanto tenían, pero nadie les pudo arrancar la eternidad de la magia afrocubana con el fuerte olor de los hechizos tropicales.
La religión de los orishas vive en Cuba desde hace siglos. El colonialista español llevó a la Isla como esclavos a los africanos de origen lucumí, llamados más tarde yoruba.
Con ellos llegaron también su pensamiento, su visión del mundo, sus formas de vivir y sus creencias religiosas, que preservaron en un esfuerzo de resistencia cultural frente a la prohibición esclavista.
El pensamiento mítico-mágico-religioso lucumí o yoruba subsiste con gran fidelidad en la Isla, pero no hay dudas de que es hoy una religión cubana, porque aquellos africanos tuvieron que recrear lo que habían dejado atrás, transculturando muchos elementos y adaptando otros. La eternidad del continente negro es hoy parte esencial de la cultura e identidad nacional del país antillano.
Y los cubanos de este lado del mar, reproducen sus rituales, considerados como una religión en el país.
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En Maryland, Virginia y DC la religión afrocubana convive con otros credos y suma nuevos adeptos
Por Rodolfo Bofill Phinney
Especial para el Tiempo Latino
“¡Aché Elegguá!” La invocación a este santo orisha de la religión afrocubana la hace el salvadoreño Billy Merino cuando habla de su hija. El hombre vive de mitos. No hay que ser cubano para sentir gratitud por la Santería.
Él no sabe a qué cosa del cielo o de la tierra le está hablando, pero tiene razones para invocar a Elegguá, la deidad mensajera de todos los dioses del culto afrocubano, la que abre o cierra los caminos, sincretizada en la religión católica como “El niño de Atocha”.
Con la bendición de este orisha, el primero del panteón yoruba, y tras ceremonias, ofrendas y rezos pacientes y propiciatorios, un oficiante cubano de la Santería logró que el universo conspirara a su favor para salvar a su hija adolescente del submundo de las pandillas juveniles de Washington. Ella dejó atrás esos turbios días y hoy es una muchacha emprendedora, que trabaja y estudia para graduarse como asistente médica.
Historias como la de Merino se multiplican en el área metropolitana, en donde la santería tiene cada vez más adeptos, fieles que se arriman desde distintas comunidades: nicaragüenses, panameños, mexicanos y también, sí, estadounidenses.
Todos tienen seguramente la motivación de la fe y comparten la búsqueda de respuestas, bienestar, prosperidad y salud.
La cubana Kenia Perdomo juega con lo sobrenatural, pero de un modo lícito. Ella se inició como santera hace 15 años, y el orisha guerrero Changó es su ángel de la guarda. Tiene su casa-templo en Maryland, sobre la avenida Georgia. Parece una vivienda como cualquier otra, pero en su interior viven seres de este y del otro lado del mundo.
En uno de sus cuartos de ceremonia además de Changó, Ochún, Obbatalá y otros dioses, están a la mano “El Monte”, de Lídia Cabrera, la obra más importante sobre los cultos afrocubanos, y “Los orishas en Cuba”, de Natalia Bolívar. Libros de consulta puntual, para intentar entender la primitiva claridad de la magia.
Toda religión pretende ser más auténtica que las demás, pero la religiosidad es también un mercado. Sin otra luz que la luz de su mente falible, Perdomo, como cualquier oficiante honesta y de probada fe, toma distancia y se lamenta de sospechosas y culpables ceremonias que erosionan la credibilidad de la Santería.
A todos tocan malos tiempos que vivir y la suerte llega de muchas formas.
Esa realidad la vive a diario Armando Sosa, quien hace siete años se consagró en Cuba como babalawo, ejerciendo también su sacerdocio en Argentina y en Estados Unidos, más precisamente en un apartamento de Silver Spring, en donde reside en la actualidad.
Se despierta temprano el babalawo cubano para mayugbar (saludar) a sus dioses y observa con solemnidad el interior de un closet donde ha montado el altar, su gobierno de magia afrocubana. Hoy tendrá que ir al “monte” para dejar una ofrenda. La nieve no es impedimento para la liturgia.
Sosa trata de entender el universo con la afortunada y sabia lentitud heredada de aquellos antepasados africanos. Lo insinúa para mayor misterio en el planteo de metáforas. Su visor mágico es el antiquísimo sistema adivinatorio que rige el orisha Orula, utilizado por los sacerdotes de Ifá para observar anticipadamente cuanto está a punto de ocurrir o ha sucedido.
“¡Orula no se equivoca, señora!”, le dice con involuntaria soberbia y acento habanero a una vecina de Virginia, quien busca respuestas ultraterrenas y espirituales sobre su rutina inmigratoria de postergaciones y enredos. Ella acepta lo que dice Ifá con más esperanza que fe.
Hoy debe encontrar en alguna botánica de Maryland una de las más de 30 que hay en la regiónramas de Paraíso, una planta muy cubana, que Orula marcó para la prosperidad. Necesita también manteca de corojo para limpiar a Ochosi, el guerrero de larga vista, mucho oído y rapidez.
Es el orisha que presidió la letra del año que termina, la que vaticinó un momento fúnebre y poco después murió la primera dama de Cuba, la esposa del presidente interino, Raúl Castro.
Sin perder la noción de la realidad los seguidores de la Santería propician con sus intermediarios orishas la coronación de lo casual, esa conmovedora y precisa casualidad. Ellos aguardan siempre por una ráfaga sobrenatural.
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