Opinion
El valor de Richardson Primarias demócratas Por Rubén Navarrette
Bill Richardson es fantástico. Mientras John Edwards y Barack Obama atacaban a Hillary Clinton durante el reciente debate Demócrata de CNN en Las Vegas, el gobernador de Nuevo México se concentró en su propia candidatura y en proporcionar una de las mejores actuaciones de esa noche.
Piensen sólo en la novedosa manera en que Richardson, al responder a una pregunta del público sobre el tono del debate migratorio, hizo algo prácticamente inédito en el demagógico ambiente de la campaña de 2008: regañó al público y le dijo que no sólo tenemos una frontera que no funciona permitiendo que los inmigrantes la infrinjan, un sistema que no funciona y dificulta la entrada legal de individuos, un Congreso que no funciona y que no aborda el asunto en forma honesta y productiva, sino que hasta la forma es que debatimos estos temas no funciona.
En primer lugar, demasiados estadounidenses continúan cayendo en viejos hábitos y repitiendo un retrato de los inmigrantes legales o ilegales históricamente conocido, como inferiores a los nativos, con una cultura deficiente, lentos en asimilarse, inclinados a la actividad delictiva y desprovistos de todo valor positivo. O, como sostiene el candidato presidencial republicano, Tom Tancredo, en un indignante comercial de televisión, terroristas en gestación.
“Debemos parar de demonizar a los inmigrantes”, dijo. “Debemos dejar de hacerlo”.
Amén. No se oye que los políticos hagan ese tipo de comentario suficientemente a menudo, incluso los demócratas liberales. Tampoco uno espera oírlo de políticos hispanos, muchos de los cuales podrían temer ser etiquetados como demasiado comprensivos con los inmigrantes ilegales. Ése es el riesgo que enfrenta Richardson cada vez que habla de la inmigración.
La última vez que escuché algo similar a lo que dijo Richardson, fue de otro inmigrante el gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, quien, como Richardson, tiene la ventaja de vivir lejos de Washington y de tener la perspectiva realista de un gobernador fronterizo.
Schwarzenegger ha estado diciendo durante más de un año, que los estadounidenses deberían canalizar su ira sobre la inmigración ilegal hacia el gobierno federal, y no hacia los inmigrantes.
Sé lo que están pensando que estos gobernadores están equivocados y que la ansiedad que sienten muchos estadounidenses no es causada por los “inmigrantes”, sólo por los “inmigrantes ilegales”.
Seguro, seguro. Es una frase hermosa, pero no está fundamentada en los hechos. Todo el que crea esa tontería no ha prestado atención al debate migratorio.
Puede haberse iniciado examinando palabras tales como “legal” e “ilegal”, pero eso duró unos 18 segundos. De allí, el debate deambuló hacia el pantano cultural. Se centró en la atrocidad de tener que “oprimir 1 para inglés”, y en la mala educación de agitar una bandera mexicana, y en cómo las ciudades deben poder prohibir los camiones de tacos o dictar el número de personas que puedan apiñarse en una casa. Se centró en si debemos admitir inmigrantes educados y especializados, en lugar de aquellos cuyas únicas calificaciones son una fuerte ética laboral y la esperanza de un futuro mejor. Y se centró en si ha llegado el momento de imponer una moratoria sobre la inmigración ilegal para ayudar a que los que ya están aquí se asimilen. Una vez que ingresamos en esa vía, por supuesto, las cosas iban a ponerse desagradables. Y, por supuesto, el debate se iba a volver áspero. Y, por supuesto, el subtexto de la discusión iba a pasar de ser anti-inmigración ilegal a anti-mexicana, como ha sucedido.
No es una sorpresa. Por eso es esencial que haya individuos que se pronuncien contra este tipo de cosa, especialmente si son candidatos a la presidencia. Debemos estar agradecidos por el hecho de que al menos uno lo haya hecho: Bill Richardson.