Opinion
El sueño de un salvadoreño se hace realidad Sociedad
Por Dina Fernández
El 22 de agosto, a la 1:15 de la tarde, Elías Avilés entró al edificio JF Kennedy en el centro de Boston a la cita más importante de su vida.
Llegó con una hora de antelación, vestido con su mejor traje y tratando de mantener la calma. Como muchos de los 234 mil salvadoreños que están reinscribiéndose en la extensión del Estado Temporal de Protección (TPS), Avilés necesitaba solventar su situación migratoria para poder permanecer en los Estados Unidos.
Pero a diferencia de la mayoría de sus compatriotas, que pagarán los 420 dólares que requiere el papeleo para seguir trabajando en el país durante 18 meses más , hasta marzo de 2009,
Avilés decidió que no quería seguir viviendo de prórroga en prórroga y solicitó su residencia permanente.
“He esperado siete años por esta oportunidad, por la esperanza de tener un estatus menos incierto”, dijo Elías, emocionado, al salir triunfante de la entrevista con las autoridades de migración. “Todavía no lo puedo creer…¡Ya tengo mi green card!”.
Avilés salió de El Salvador cuando tenía 16 años, en julio de 2000. Era el menor de 10 hermanos y el último que quedaba en Centro América. Una década antes, acicateada por la pobreza, su madre se había marchado al norte, cuando él era un “zipote” de 6 años. A los pocos meses la siguió su esposo y luego fueron viajando los hijos de dos en dos, a medida que les lograban arreglar los papeles.
Avilés era el último que quedaba ese verano y no tuvo la paciencia de esperar que la embajada en El Salvador le entregara la visa. Así que agarró camino con unos “coyotes” y tuvo la suerte de llegar sano y salvo a reunirse con su familia. Cuando el presidente George Bush inició el programa de TPS para los salvadoreños después de los terremotos que sacudieron al país en 2001, Avilés encontró un asidero para regular su situación, pero su tranquilidad tenía siempre un plazo fatal.
Ahora ya no: la residencia le abre un camino para obtener la ciudadanía dentro de cinco años. “Siento una alegría muy grande”, afirmó Elías. “Yo aquí he hecho mi vida y tengo a mi familia. No sabría qué hacer en El Salvador”.
Avilés tiene dos trabajos: por las mañanas está en la cocina del Hospital Mass General y los fines de semana atiende los eventos del Club de Harvard. Por las noches estudia para técnico de sistemas de calefacción y aire acondicionado. Ese afán de superación y el hecho de nunca haber sido arrestado es lo que, según él, facilitó que la empleada de migración que lo entrevistó pronunciara las palabras mágicas: “no veo ningún obstáculo para otorgarte la residencia”.
Avilés tiene dos hijas pequeñas nacidas en Boston, una de dos años y la otra de nueve meses. La residencia también significa la esperanza de arreglar en el futuro los papeles de la madre de las niñas, una guatemalteca con quien Avilés vive desde hace cuatro años.
“Nuestra peor pesadilla es que puedan separarnos”, afirma Avilés. “Pero ahora tengo fe de que encontraremos la forma de solventar los problemas migratorios”.
Dina Fernández es columnista
de ‘elPeriódico’ en Guatemala
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