Perú se despierta poco a poco de la pesadilla que ha vivido desde que el pasado miércoles 15 de agosto un terremoto destruyera varias ciudades de la costa sur del país. Pero la tragedia continúa y ahora, a la desolación provocada por el desastre natural, se suma la violencia callejera y los saqueos a los que está siendo sometida una población que ha sufrido la experiencia de tener que buscar a sus familiares entre las ruinas.
Perú es un país abrupto y rocoso, en el que las carreteras han quedado muchas de ellas inutilizadas y, además, existen poblaciones en la selva de muy difícil acceso.
Pero ha surgido un nuevo enemigo en este caos que ya muchos califican de ‘infernal’, la delincuencia criminal provocada por los más de 500 presos que huyeron tras haberse desplomado las paredes del penal de Tambo de Mora, en la ciudad de Chincha, una de las más afectadas por el seísmo.
Muchos de los afectados se ven en la necesidad de tener que dormir a cielo abierto, a pesar de las bajas temperaturas que ahora sufre este país andino, por miedo a los robos.
Los evadidos de la prisión no dudan en utilizar armas de fuego para atemorizar a los ciudadanos que se ven forzados a tener que dar lo poco o nada que les ha quedado. Ante esta situación, hombres y mujeres desesperados por el hambre y la sed se ven forzados a participar de los saqueos a los camiones que portan la ayuda internacional.
El Gobierno peruano se ha visto obligado a redoblar la seguridad en la zona afectada por el terremoto del miércoles, que causó al menos 500 muertos, ante el pillaje nocturno que se registra en su mayoría por las dificultades para conseguir productos de primera necesidad.
Tras 72 horas del fuerte seísmo de 8 grados de magnitud en la escala abierta de Richter, la gente comenzó a desesperarse ante la escasez de alimentos y los lugareños empezaron a presionar para pedir más comida y una mejor distribución de la ayuda a las autoridades, que carecen de grandes medios para repartirla. En la región de Pisco, sin agua ni electricidad y con muchas carreteras inservibles a causa del terremoto, la ayuda es el único alivio para los habitantes de esa urbe, en cuyo aeropuerto llega sin pausa el auxilio humanitario nacional e internacional. Pisco, la ciudad más afectada por el movimiento telúrico, dejó 1.500 heridos y unos 80.000 damnificados.
El presidente de Perú, Alan García, aseguró que el Ejército y la Policía aplicarán “mano dura” ante cualquier intento de saqueo.
“Estamos duplicando el número de las Fuerzas Armadas, esperamos llegar al final de la tarde al número de 1.000 efectivos”, dijo también desde Pisco el ministro de Defensa, Allan Wagner.
En el aeropuerto de Pisco está acantonado un grupo de unos 500 soldados de Infantería de Marina de la base de Ancón, cercana a Lima, que llegaron por barco y por vía aérea pertrechados con material antidisturbios, dispuestos a ejercer labores policiales.
La esperanza entre la desolación
Entre la desolación y la violencia, se producen también noticias que ofrecen cierta alegría a esta población herida. El nacimiento de un niño en un hospital de campaña en Pisco y el rescate de un bebé de 10 meses en la iglesia de San Clemente se convirtieron en los hechos destacables que devolvieron la esperanza a cientos de personas de esa ciudad.
Un bebé de 10 meses fue rescatado ileso de la iglesia de San Clemente en Pisco (Perú), después de que el templo se desmoronara, por un ciudadano de la zona, Rómulo Palomino, siete horas después del fuerte sismo, según la agencia estatal Andina.
“Pensé que estaba muerto, lo levanté con cuidado y noté que su corazón latía. Lo limpié y ahí empezó a estornudar y lloró”, manifestó Palomino, tras explicar que encontró al pequeño inconsciente debajo de los escombros y completamente cubierto de polvo.
Palomino había acudido con su hijo a la iglesia de San Clemente, donde quedaron sepultados centenares de feligreses, tras ser informado de que sus padres se encontraban en el templo cuando se produjo el movimiento telúrico.
“En siete horas hallé y saqué a más de 20 cadáveres cuando me encontré con el niño”, explicó emocionado Palomino, quien consideró un “milagro” que “hubiera sobrevivido tantas horas respirando sólo polvo y muerte”.
En esa misma iglesia de San Clemente de Pisco se produjo otro rescate milagroso, el de su párroco, convirtiéndose en uno de los sucesos más sorprendentes desde que se iniciaron las tareas de rescate. Sobre el sacerdote habían caído dos toneladas de escombros, pero salvó la vida porque los dinteles lo protegieron formando una especie de gruta que impidió que corriera la misma suerte que la mayoría de los feligreses.
Las noticias alentadoras también llegaron desde Ica, otra de las localidades afectadas, donde fueron localizadas tres estudiantes chilenas que estuvieron desaparecidas tras el movimiento telúrico. Cecilia Moreno, Josefa Uriarte y Carolina Merello fueron halladas en los alrededores de la laguna Huacachina, donde se habían trasladado para realizar turismo antes de asistir a un seminario en Lima.
Asimismo, los internos del penal Sarita Colonia del Callao donaron sus raciones de alimentos correspondientes a dos días a los damnificados por el seísmo, informó la ministra de Justicia, María Zavala. “Es sorprendente y resaltante el desprendimiento de los internos del penal del Callao que hacen esta importante donación”, señaló.
De los 500 muertos registrados tras el terremoto, casi 400 fueron en Pisco y 75 en Chincha. El resto se repartieron entre Ica y Cañete, aunque aún quedan zonas donde no han llegado los equipos de rescate, por lo que el número de víctimas podría incrementarse.
Por Isabel Martínez Pita
EFE
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