MAESTRO. Ernesto Alonso trabajó con Luis Buñuel y María Félix.
El productor mexicano Ernesto Alonso elevó la categoría de las populares telenovelas
El Tiempo Latino
Redacción
La muerte del actor, director y productor mexicano Ernesto Alonso, el 7 de agosto en Ciudad de México y a los 90 años, marcó el fin de una era: la de los pioneros en el arte de hacer de las telenovelas un arte.
Nacido el 28 de febrero de 1917 en Aguascalientes, en el centro de México, Alonso estudió arte dramático e inició su carrera cinematográfica como extra en 1938.
Sus primeros pasos en la interpretación los dió en 1942 en “Historia de un gran amor”, protagonizada por los mexicanos Gloria Marín y Jorge Negrete, en donde hacía el papel de un sacristán.
Alonso participó en otras cintas como “La mujer de todos” (1946), con María Félix, y trabajó con el director español Luis Buñuel en la narración de “Los olvidados” (1950). También protagonizó sus cintas “Abismos de pasión” (1954) y “Ensayo de un crimen” (1955).
En 1960 su carrera dio un giro cuando decidió lanzarse a producir melodramas televisivos, y comenzó a triunfar ese mismo año con “El otro”; en esta tarea se mantuvo hasta 2005, con la producción de la telenovela “Barrera de amor”.
Como pocos, hizo el cruce entre la alta literatura y la telenovela, elevando a la altura de género los dramas populares. Lo hizo en los años sesenta como director en adaptaciones televisivas de grandes obras como “Cumbres borrascosas” , “Mujercitas” y “El retrato de Dorian Gray”.
Después, llenó su repisa de premios y honores por éxitos como “Muchacha italiana viene a casarse” (1971), “El maleficio” (1983), que él mismo protagonizó en el papel de Enrique de Martino; “El derecho de nacer” (1966); “Corazón Salvaje I” (1966); “Bodas de Odio” (1983) y “Vuelo del Águila” (1996).
“El maleficio” se transformó rápidamente en un referente en la historia de la televisión mexicana, pues se atrevió a incorporar a personajes oscuros y diabólicos, algo inusual hasta entonces en esas clase de obras.
Se puede decir que Alonso creó la figura del villano, la contraparte del héroe o la heroína que hasta hoy sostiene y enriquece la trama de toda telenovela.
Como muchos, Alonso creyó que este género, marcado por las traiciones y las lágrimas, merecía llamarse arte.
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