Opinion
La turbia industria de las adopciones Guatemala
Por Dina Fernández
En los hoteles de lujo de la ciudad de Guatemala, entran y salen padres rubios empujando carruajes con niños morenos. Se les ve en el restaurante, la tienda de souvenirs y el elevador.
Algunos hoteles han incluso reservado un piso completo de su edificio para acomodar a las parejas de extranjeros que vienen a adoptar niños. Ahí las habitaciones tienen cuna, hay salones con juguetes y una tienda de conveniencia para comprar pañales.
Guatemala es a las adopciones lo que las islas Cayman a las cuentas bancarias. La falta de regulación ha creado una auténtica industria que coloca en el extranjero a unos 4000 niños al año y produce ingresos que rondan los 200 millones de dólares, según estimaciones del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, UNICEF.
En un país donde las mujeres comienzan a procrear en la adolescencia y donde uno de cada dos niños padece desnutrición crónica, uno creería que la proliferación de adopciones no debería ser tema de preocupación, menos cuando los bebés son entregados a familias acomodadas en el primer mundo. Pero las apariencias engañan, incluso cuando suenan a sentido común.
Regidas únicamente por la ley de la oferta y la demanda, las adopciones en Guatemala se han teñido de matices perversos.
Existen organizaciones disfrazadas de orfanatos, pero dirigidas por abogados que funcionan en realidad como granjas humanas. No es raro que en los primeros meses de un embarazo accidental, una empleada doméstica o de maquila reciba la llamada de una de estas agencias ofreciéndoles hasta dos mil dólares a cambio de ceder al bebé. Cuando aceptan, la agencia de adopción cubre los costos del embarazo y paga el parto en pequeñas clínicas privadas, donde ni siquiera permiten que la madre vea a su hijo al nacer, para evitar que a última hora se arrepienta.
Tal es la voracidad de algunas agencias de adopción que por lo general pagan a las madres biológicas la mitad o menos de lo ofrecido y son capaces de quedarse con los niños a la fuerza cuando las mujeres cambian de opinión.
Acaba de darse un caso que saltó a las primeras páginas de los diarios en Guatemala. Dos propietarias de una “casa cuna” irrumpieron en una tortillería, golpearon con una tranca a la mujer que cocinaba frente al comal y le arrebataron a su recién nacido. Semanas más tarde, la policía allanó la sede de la organización y encontró al bebé con papeles falsificados, ya listo para concluir la adopción.
Estos abusos han provocado una auténtica paranoia en las aldeas y pueblos del altiplano de Guatemala, al punto de que ha habido varios intentos de linchamiento a personas acusadas de “robar niños”.
Varios organismos internacionales, encabezados por UNICEF, han estado presionando al gobierno de Guatemala para que adopte una regulación más severa y se suscriba al Convenio de la Haya, pero hasta ahora la mafia de las adopciones ha logrado la venia de varios diputados para detener estas iniciativas en el Congreso.
Dina Fernández es columnista
de ‘elPeriódico’ en Guatemala
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