Los ojos que miran a los mexicanos de hoy El compromiso de narrar los hechos cotidianos de los inmigrantes actuales
Por Herman Sillas
Durante 20 años fui miembro del Club de Libros de Historia. Cada mes recibía la selección recomendada por el club. El no regresar las papeletas de devolución a tiempo causó que recibiera la selección que no había escogido. Con el tiempo me quedé sin espacio en mis estanterías de libros, y cancelé mi suscripción al club.
Un libro que sí leí fue sobre la vida de Tecumseh jefe de los Shawnee. A comienzos de la década del 1800, intentó reunir a un grupo dispar de indígenas norteamericanos para defender sus tierras de los asentadores blancos intrusos. Lo que me impresionó fue que el autor hizo referencia a cartas y notas que habían escrito individuos, muchas veces soldados contra los que había luchado.
Por desgracia, el jefe Tecumseh nunca escribió su propia historia. Él era como la mayoría de nosotros. Tampoco escribimos la nuestra.
¿Cómo sería posible? Había sido un momento histórico muy emocionante.
Mi biblioteca me hizo caer en cuenta lo importante que es que todos pongamos lápiz al papel.
Hoy, de nuevo vivimos un momento emocionante, muchas veces traicionero. Como nación nos vemos envueltos en una guerra que nos divide. Nos angustiamos sobre qué hacer con nuestras fronteras y las millones de personas que viven en nuestro país sin haber sido invitadas.
El clima del mundo está cambiando, y no estamos seguros de qué hacer por resolverlo.
Se redefine la unidad de la familia. La tecnología avanza tan rápido que los padres no pueden describir los regalos que piden sus hijos. Los funcionarios electos pasan más tiempo preocupándose por alcanzar cargos políticos más altos que de hacer un buen trabajo en el cargo que tienen.
¿Y tú y yo? Así como nuestros antepasados del otro lado del mundo, nos desempeñamos en la tarea personal de criar nuevas generaciones.
A comienzos de este año, mi esposa Cora y yo fuimos a visitar a su familia en la Ciudad de México y en el estado central de Aguascalientes. No los habíamos visto en 31 años. Profesionales, funcionarios de gobierno, comerciantes, estudiantes, cada uno ha tenido una vida que compartir. Nos reunimos unos 50 o más, poniéndonos al tanto de nuestros triunfos y tribulaciones.
Cora y yo volvimos a California con una abundancia de historia familiar binacional.
Es triste que nosotros, los mexicanos, muchas veces contemos historias fabulosas, pero pocas veces las escribimos. Si ninguno de nosotros redacta las historias que intercambiamos en esa reunión, la única evidencia que habrá que nos reunimos serán las fotos, que se destiñen con el paso del tiempo.
La diáspora de las familias mexicanas hoy por todo Estados Unidos es un reflejo de la de otros grupos migrantes, pero se da con una velocidad sin precedentes. Si no somos nosotros quienes redactamos nuestras historias, nuestras perspectivas sobre las manifestaciones de los pachucos en Los Ángeles, la operación espalda mojada, las escuelas segregadas, nuestra incorporación en los círculos de comercio y política de esta nación, nuestra contribución a todas las guerras de esta nación, ¿en quién más podemos confiar que las cuente correctamente?
Nuestra historia es tan compleja como el momento histórico que vivimos. Les debemos a nuestros padres, a nosotros mismos y a nuestros descendientes el revelar el alma y dejarlo escrito.